lunes, 20 de septiembre de 2021

LOS FUTUROS POSIBLES-III: EL CAMINO DEL ESTANCAMIENTO

 

En la nota de la semana pasada (septiembre 13) retomábamos la idea de los tres caminos posibles por los que podría transitar nuestro futuro:

       El camino de la ingenuidad.

       El camino del estancamiento.

       El camino de la cultura.

Y profundizamos un poco (en la medida en que lo permite el espacio limitado) en el primero de ellos: El camino de la ingenuidad.

 Como prometimos, vamos ahora a comentar otro futuro posible, el que nos llevaría por el camino del estancamiento, hacia la exclusión del sistema mundial.

 Hablábamos la semana pasada de “ingenuidades” que nos pueden inducir a transitar hacia una economía privada, concentradora de la riqueza, que sobrepase y margine la economía estatal socialista, que es la que principalmente distribuye riqueza. Pero sucede que también vemos actitudes ingenuas en el otro extremo, el de la inmovilidad y la suspicacia ante cualquier posible transformación.

Estas actitudes no están entre los aspirantes a “hombres de negocio” y sus ideólogos, sino entre los burócratas. Conducen al riesgo de intentar resolverlo todo con más regulaciones administrativas y más controles, sin salir nunca de la “zona de confort” de cada organización. Se llega así a una manera de pensar y actuar en la que los procedimientos acaban siendo más importantes que los objetivos, y se acepta posponer o limitar objetivos a cambio de ser estrictos en el cumplimiento de los procedimientos establecidos. Así se lleva a la sociedad, paso a paso, hacia el abandono de objetivos audaces y sueños visionarios. Exactamente lo contrario de la actitud revolucionaria.

¿Cómo sería el futuro si limitamos las iniciativas económicas y sociales al cumplimiento de las orientaciones que vienen “de arriba”? ¿Qué ocurriría en el mediano plazo si insistimos en sustituir o sancionar inmediatamente al directivo que implementa una estrategia que finalmente fracasa y le cerramos así los caminos a la exploración audaz de alternativas dentro de la Revolución? Los cuadros con más iniciativas son los que tienen más probabilidades de emprender alguna que contenga errores. Es casi una ley de la aritmética. La obsesión de normarlo todo conduce a un ambiente de “riesgo asimétrico” en el que emprender una iniciativa—que casi siempre contiene incertidumbres—es mucho más riesgoso que no emprender ninguna.

¿A dónde conduce la presión por cumplir con decenas de normas, prohibiciones y controles en asuntos puntuales, si se hace a expensas de limitar el pensamiento y las iniciativas en los procesos esenciales? ¿Cómo podría ser posible motivar a los jóvenes a soñar sobre Cuba, en un ambiente de este tipo?

En una empresa, como en cualquier organización humana, a partir de determinado grado de complejidad —y la economía moderna tiene mucha—la suma de la optimización de las partes no es equivalente a la optimización del todo. La conquista de los objetivos grandes, de los que depende el crecimiento de la economía empresarial y nacional, frecuentemente implica que determinados componentes del proceso funcionen de manera sub-óptima. ¿A dónde conduce la obsesión de normar y controlar por separado, a veces desde varios órganos controladores diferentes, cada uno de los subsistemas y procesos de la vida empresarial?

Retomando la visión desde las ciencias naturales, los médicos (como es el caso del autor de esta nota) conocemos muy bien que existen agresiones externas a la salud—principalmente los gérmenes patógenos—en las que una robusta respuesta inmune nos defiende; pero también existen situaciones en las que una respuesta inmune excesiva, supuestamente protectora, conduce a la autoagresión que daña los tejidos sanos. Son las llamadas enfermedades autoinmunes, que pueden ser mortales. El enemigo conoce también esta analogía, y con frecuencia la intención de sus agresiones es precisamente provocar nuestra sobrerreacción.

Ya ha sucedido previamente. En la Unión Soviética, después de décadas de crecimiento económico, de sobrepasar en los años 1950 y 1960 los índices de crecimiento de los países capitalistas desarrollados, y lograr realizaciones industriales admirables; en la década de 1970 la economía empezó a dar señales de estancamiento. Entre 1979 y 1982 la producción industrial se contrajo 40 %. La rígida planificación central y los métodos administrativos de dirección vertical limitaron el impacto de la ciencia y la tecnología en la producción.

Ya desde 1965 Che Guevara escribía en una carta a Fidel:  “La técnica ha quedado relativamente estancada en la inmensa mayoría de los sectores económicos soviéticos [...] En la Academia de Ciencias de ese país hay acumulados centenares, tal vez miles de proyectos de automatización que no pueden ser puestos en práctica porque los directores de las fábricas no se pueden permitir el lujo de que su plan se caiga durante un año, y como es un problema de cumplimiento del plan, si le hacen una fábrica automatizada le exigirán una producción mayor, y entonces no le interesa fundamentalmente el aumento de la productividad”.

Fidel Castro, en sus entrevistas con el periodista Ignacio Ramonet, hizo la siguiente observación: “Lo curioso es que la Unión Soviética era el país que más centros de investigación creó, mas investigaciones llevó a cabo y, excepto en la esfera militar, el que menos aplicó en su propia economía el caudal de invenciones que desarrolló”.

 En el siglo XX, el hermoso ideal moral del comunismo se vio erosionado por la disfuncionalidad de un modelo económico de dirección vertical administrativa y planificación rígida, que se adaptó mal a los rápidos cambios tecnológicos. La planificación material centralizada, eficaz en la economía industrial del siglo XX, dejó de funcionar en la economía de alta tecnología, flexible y dinámica que exigía el siglo XXI.

El estancamiento, que sacrifica objetivos de desarrollo en aras de la rigidez de los controles es otro de los futuros posibles. El riesgo es incluso mayor ahora que en los años en que Fidel y el Che hicieron sus observaciones, porque los cambios tecnológicos son más rápidos en el siglo XXI y la globalización de la economía implica la urgencia de ser competitivos e interconectados a escala global.

La apuesta ingenua a más regulaciones y más controles introduciría un freno a la construcción de conexiones económicas con otros países (imprescindibles, aunque reconocidamente riesgosas) y reforzaría el aislamiento y la exclusión de Cuba del sistema económico global. El bloqueo del gobierno estadounidense contra Cuba está explícitamente diseñado para aislar y excluir.

En la dinámica de la globalización, el retraso no es siempre consecuencia de que un país sea “explotado” económicamente. También ocurre como consecuencia de que un país sea “excluido” de la economía global. Y estar desacoplado de la economía global significa estar desacoplado del futuro.

El estancamiento es otro “futuro posible”. Por ese camino podríamos mantener la equidad social y la soberanía nacional durante un tiempo, pero no alcanzaríamos la prosperidad. Si esto ocurriese, el estancamiento de la economía abriría la puerta, en el plano ideológico, a la desconfianza de las nuevas generaciones en el sistema socialista y a la creencia espuria de que las desigualdades sociales son un precio necesario para la dinámica del crecimiento económico.  

Del peligro de transitar por ese camino alertó también el recién concluido   8vo Congreso del Partido Comunista de Cuba al expresar en su Informe Central que: “[...] es ineludible provocar un estremecimiento de las estructuras empresariales desde arriba hacia abajo y viceversa, que destierre definitivamente la inercia, el conformismo, la falta de iniciativas y la cómoda espera por instrucciones desde los niveles superiores”.

¿Y entonces…?  ¿Cómo evitar al mismo tiempo la ingenuidad de las concesiones y el estancamiento auto-excluyente?

No espere ningún lector que el autor de esta nota caiga en la arrogancia de pretender tener soluciones a este complejo dilema; pero de todas formas, y humildemente, algo intentaremos decir en la nota de la semana próxima.

Agustín Lage Dávila

Centro de Inmunología Molecular

 

lunes, 13 de septiembre de 2021

LOS FUTUROS POSIBLES-II: EL CAMINO DE LA INGENUIDAD

 En la nota de la semana pasada (septiembre 6) exponíamos que en la coyuntura histórica de los cubanos en estos inicios del siglo XXI se pueden apreciar tres caminos posibles por los que podría transitar nuestro futuro:

       El camino de la ingenuidad.

       El camino del estancamiento.

       El camino de la cultura.

Como prometimos, vamos ahora a ampliar la explicación sobre el primero de ellos:  

El camino de la ingenuidad: hacia la República reconquistada y la dependencia.

Nuestros adversarios en las batallas de ideas de hoy (quizás de siempre) están en dos categorías:

1.           Los enemigos conscientes que saben que su accionar conduce a un país fragmentado entre una minoría de ricos anexionistas y una gran mayoría de pobres, y que presionan hacia eso de manera perversa presuponiendo que, si triunfan, ellos caerán del lado de los ricos. Hacia este grupo no van dirigidos nuestros argumentos. Las actitudes políticas de estas personas serán resistentes a cualquier lógica, porque no parten de razonamientos, sino de intereses egoístas. Han sido la base social —ínfima pero real y peligrosa— del terrorismo contra Cuba. Con ese grupo no es posible dar “batalla de ideas”, sino simplemente “batalla”, sin apellidos.

2.           Los ingenuos, que son inducidos a confundir iniciativa económica con propiedad privada, a confundir derechos humanos con tolerancia para actuar contra los intereses del país y al servicio de otro, a confundir debate abierto de ideas con puertas abiertas para la influencia masiva de la industria de la desinformación, y a ignorar el impacto del diferendo histórico con Estados Unidos y el bloqueo en el análisis de los asuntos de Cuba. Con esos podemos razonar y explicarles hacia dónde nos pueden llevar las ingenuidades. Esta categoría es más numerosa, y tiene raíces diferentes pero similares consecuencias.

La Constitución de la República de Cuba establece en su Artículo 27 que “La empresa estatal socialista es el sujeto principal de la economía nacional”, aunque reconoce la propiedad privada “que se ejerce sobre determinados medios de producción por personas naturales o jurídicas cubanas o extranjeras, con un papel complementario en la economía”. Y aclara en el Artículo 30 que “La concentración de la propiedad en personas naturales o jurídicas no estatales es regulada por el Estado, el que garantiza, además, una cada vez más justa redistribución de la riqueza, con el fin de preservar los límites compatibles con los valores socialistas de equidad y justicia social”.

¿Cómo sería nuestro futuro si permitimos que decisiones aparentemente eficientes y racionales a corto plazo y en contextos locales, vayan expandiendo poco a poco el espacio de la propiedad privada hasta erosionar el papel central de la propiedad social? Obviamente, habría concentración de la riqueza en pocas manos. Nadie se sorprenda: eso es lo que han producido siempre, y en cualquier parte, las leyes del mercado y la apropiación privada de la riqueza socialmente construida. Más aún, se reinstauraría en el pensamiento colectivo una especie de “cultura de la desigualdad” que la legitime como algo permanente y la perpetúe a través de la desigualdad educativa.

El 8° Congreso del Partido Comunista de Cuba, reforzó esta idea al expresar en el Informe Central que: “La ampliación de las actividades de las formas no-estatales de gestión no debe conducir a un proceso de privatización, que barrería los cimientos y las esencias de la sociedad socialista construida a lo largo de más de seis décadas [...] no puede olvidarse jamás que la propiedad de todo el pueblo sobre los medios fundamentales de producción constituye la base del poder real de los trabajadores”.

¿Cómo sería el futuro si una clase de propietarios privados tuviera en sus manos el poder económico? ¿Acaso no reclamaría en algún momento cuotas crecientes de poder político? ¿No actuaría un eventual poder político vinculado a la riqueza, en contra de la soberanía nacional? Es lo que nos enseña la historia: Cuba en el capitalismo dependiente nunca tuvo una gran burguesía realmente nacional. Fue siempre mayoritariamente una burguesía anexionista. Volvería a serlo si le damos la ocasión.

Tenemos y tendremos una economía abierta, porque somos un país pequeño que debe valorizar la riqueza creada en transacciones económicas internacionales; pero los actores económicos principales en el mundo capitalista exterior son empresas privadas. ¿Acaso no privilegiarían esos actores sus relaciones con un sector privado interno?. Eso fue lo que dijo, alto y claro, el presidente estadounidense Barak Obama durante su visita a Cuba en 2016.

Esa opción equivale a transitar hacia una economía privada, concentradora de la riqueza, que sobrepase y margine la economía estatal socialista, que es la que distribuye riqueza.

Un componente importante de las presiones externas que recibe la economía cubana consiste en inducirnos a que permitamos la ampliación de las desigualdades. ¿No fue eso exactamente lo que ocurrió en Rusia en 1992, cuando el abandono del socialismo y la avalancha de privatizaciones pusieron la economía en manos de oligarcas y mafiosos?

Como explica el compañero José Luis Rodríguez en su libro El Derrumbe del Socialismo en Europa (Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2014), se estima que en Rusia el 30 % del capital inicial del sector privado tuvo un origen de naturaleza criminal. Se privatizaron 122 mil empresas en 2 años; se fugaron al exterior entre 50 mil y 100 mil millones de dólares. El peso del sector privado en el PIB pasó de 5 % en 1990, a 70 % en 1998. El PIB decreció 23 %. El salario real bajó 68,3 %. La producción industrial descendió 54 %. La esperanza de vida en los hombres descendió de 65,5 a 57,3 años. La tasa de homicidios se triplicó.

Ese proceso tuvo raíces en la historia económica y política de la URSS, pero no fue un proceso completamente endógeno. Incluyó la labor de asesores estadounidenses y europeos, y de organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. En la transición, como era de esperar, surgieron unos pocos nuevos ricos y supermillonarios, y también obviamente, muchos “nuevos pobres”.

Los primeros pasos hacia la privatización y la economía de mercado se dieron en países de Europa del Este a nombre de la racionalidad económica y la eficiencia; pero esa es una racionalidad orientada a la maximización de las ganancias de los propietarios y limitada al incremento de la productividad de la población “efectivamente empleada”, no de toda la población. Los excluidos (desempleados o en trabajo precario) no están en el denominador con el que se calcula la productividad de las empresas. No puede haber garantía del derecho al trabajo y mucho menos de la equidad social, sin una intervención sistemática del Estado en las relaciones económicas.

Los peligros de la ingenuidad están también en la esfera ideológica, la educación, la cultura y los medios de comunicación.

¿Cómo sería nuestro futuro si, en el marco de la imprescindible (y deseable) diversidad de opiniones y críticas en los medios de comunicación, se abriese una grieta para desvalorizar nuestra historia, deslegitimar nuestra soberanía, justificar desigualdades sociales, y promover la banalidad y el individualismo? ¿Sería este un debate de ideas al interior de nuestro país o sería influido y financiado de manera sesgada por el inmenso poder de la industria de la información estadounidense? ¿Cómo moldearían esos poderes la conciencia social de las futuras generaciones de cubanos? ¿Sería un debate de ideas que apela a la razón o una guerra de imágenes que apela a los reflejos primitivos del ser humano?

Todo esto podría ocurrir en Cuba si una inmensa ingenuidad colectiva nos indujese a movernos en esa dirección. Por este camino conseguiríamos quizás algo de prosperidad para algunos, pero no podríamos mantener la equidad social, ni la soberanía nacional. Es uno de los futuros posibles y los cubanos, mayoritariamente, no queremos ese futuro. Tampoco lo vamos a permitir.

Por supuesto, y lo sabemos, que también hay ingenuidades y grandes peligros en el otro extremo de las actitudes, que conducen al estancamiento y al aislamiento de nuestra economía. Pero esos los vamos a exponer en la nota de la semana próxima.

Agustin Lage Dávila

Centro de Inmunología Molecular

lunes, 6 de septiembre de 2021

LOS FUTUROS POSIBLES-I

Estamos viviendo un momento de nuestra historia que contiene muchas “toma de decisiones”, a nivel colectivo y también individual; y es imprescindible que esas decisiones estén guiadas por una visión del futuro que queremos y también de los futuros alternativos que no queremos.

 La ética es precisamente eso, el compromiso con las consecuencias futuras de nuestras decisiones, mucho más que con las conveniencias o inconveniencias inmediatas, y para eso hay que saber siempre identificar lo esencial, y evitar que el bombardeo de imágenes e informaciones de diferentes colores (que sabemos bien de dónde vienen), nos lleven a centrar nuestra atención en las corrientes laterales de la realidad.

 En un sermón pronunciado por Martin Luther King Jr. en la difícil década de los años 60 (Luther King fue asesinado en 1968), él decía:  El progreso humano no es automático ni inevitable. El futuro ya  está aquí y debemos enfrentar la cruda urgencia del ahora. En este acertijo constante que implica la vida y la historia, la posibilidad de llegar tarde existe”.

 Las tareas de hoy valen en función de lo que aporten a los objetivos distales, y de la velocidad que consigamos en alcanzarlos.

 El pasado es uno solo, porque ya ocurrió, y lo que necesitamos es interpretarlo bien. Pero los futuros posibles son varios y también tenemos que entenderlos bien, ya que cada una de las posiciones que asumimos ante problemas concretos, nos demos cuenta o no, añade un pequeño vector de fuerza en la dirección de uno u otro de los futuros alternativos, y la acumulación de decisiones aparentemente tácticas ante problemas concretos puede generar lazos de amplificación y crear bifurcaciones irreversibles.

 El capitalismo no contiene respuestas para los problemas más urgentes de la humanidad: La economía de mercado necesita el crecimiento constante de la  producción y del consumo, pero no puede seguir creciendo sin amplificar desigualdades sociales explosivas. Y tampoco puede decrecer o estancarse sin provocar una crisis económica y social. No hay salida dentro del sistema capitalista, y urge explorar alternativas.

 Cuba construye, a partir de sus raíces históricas y su cultura, su propia alternativa de nación  soberana, independiente, socialista, democrática, prospera y sostenible, con una economía orientada a la felicidad material y espiritual de la gente; y defiende su derecho a seguir construyendo y mejorando su proyecto social.

 Lo defendimos con éxito en las décadas del despertar revolucionario del Tercer Mundo en los años 60, luego en las décadas de la Guerra Fría, y después en el mundo unipolar de los años 90 y en el Periodo Especial.

 Es una obra colectiva con logros que son innegables, reconocidos por amigos y enemigos. Pero es una obra amenazada. Ha estado amenazada siempre durante más de dos siglos, porque el proyecto social cubano nació en oposición al modelo capitalista, individualista, competitivo y depredador que surgía casi al mismo tiempo en los países industriales del norte.

 Ahora, en la coyuntura histórica de los cubanos en estos inicios del siglo XXI se pueden apreciar tres caminos posibles por los que podría transitar nuestro futuro, los cuales, aceptando la simplificación necesaria para una exposición breve y concentrada en lo principal, podemos describir como:   

  •  El camino de la ingenuidad, que nos llevaría a través de sucesivas concesiones, hacia la república reconquistada por nuestros adversarios históricos y hacia nuevas dependencias.
  •   El camino del estancamiento, que sacrificaría objetivos de desarrollo y participación, en aras de la rigidez de los controles, y nos llevaría a auto-excluirnos del sistema mundial de relaciones.
  •   El camino de la cultura, que es el único que nos puede llevar hacia el país posible que queremos los cubanos.

 Hay que conocerlos bien, para decidir nosotros, los cubanos, y no dejar que nadie intente decidir por nosotros.

 El tema tiene tantas aristas y complejidades que se hace imposible discutirlo en el espacio necesariamente breve de un “blog”. Intentaremos ampliar la descripción de cada uno de esos futuros posibles en las notas de los siguientes tres lunes a partir de hoy.

Luego podremos discutirlas de conjunto.

 

Agustin Lage Dávila

Centro de Inmunología Molecular

lunes, 30 de agosto de 2021

DEFENDER A CUBA ES DEFENDER EL SOCIALISMO: ES LA MISMA BATALLA

 

El país está en manos de los jóvenes. Siempre lo ha estado: Martí tenía 16 años de edad cuando escribió “El Presidido Político en Cuba” , Mella tenía 22 cuando fundó el Partido Comunista, Guiteras tenía 27 cuando ordenó la nacionalización de la Empresa de Electricidad, Fidel tenía también 27 cuando asaltó el Cuartel Moncada, y el Che tenía 30 años cuando tomó Santa Clara.

 Siempre tuvo la vanguardia juvenil conceptos muy claros sobre lo que había que hacer en cada momento. Por eso es tan importante que discutamos los conceptos esenciales que necesitamos para guiar las tareas de hoy y seguir adelante.  Uno de esos conceptos esenciales, quizás el más importante, es que defender a Cuba y defender el Socialismo no son dos batallas diferentes, sino una y la misma.

 Las sociedades humanas son entes históricos, y esta historicidad significa que lo que somos hoy es la consecuencia de una larga y compleja trayectoria, la cual es diferente para cada colectividad humana. La nuestra es una trayectoria que vincula desde sus orígenes mismos, la aspiración de soberanía nacional con la de equidad y  justicia social.

 Para Cuba en el siglo XXI, soberanía y socialismo son dos conceptos interdependientes: no tendremos soberanía nacional sin socialismo, ni podremos construir el socialismo sin soberanía nacional.

 La soberanía nacional siempre fue (y sigue siendo) un objetivo sagrado por el que han dado sus vidas muchos cubanos. Pero fue siempre un objetivo que no se agota en si mismo. No es la soberanía una estación de llegada: es un punto de partida. La defendemos porque es lo que nos permite continuar el camino hacia objetivos superiores, relacionados con la justicia social, la dignidad humana y la cultura.

 La defensa de la soberanía nacional incluye hoy la defensa del socialismo

 La soberanía no es un concepto abstracto: es el derecho a ser diferentes. Y entre esas diferencias, hemos llegado a ser el experimento histórico más largo de construcción del socialismo, actualmente en desarrollo (con la excepción de China y todas sus particularidades).

 Ser “diferentes” hoy significa tener la libertad efectiva para superar la lógica de las relaciones mercantiles constructoras de desigualdades y exclusión, y guiar las estrategias hacia una racionalidad económica creadora de cultura, de justicia  y de sostenibilidad a largo plazo, la cual es diferente a la racionalidad de la maximización de las ganancias inmediatas.

  Significa que si retrocediéramos en la soberanía nacional, se congelaría la construcción de nuestra institucionalidad, perfectible pero incluyente y participativa, se congelaría la innovación y el desarrollo, y entonces los centros de poder mundial retomarían la adquisición de activos como lo hicieron desde el siglo XIX, y fabricarían en Cuba “su” élite nacional subordinada. Ya ocurrió una vez en 1902.  Los cubanos de hoy y los de mañana, no podemos permitir que eso suceda otra vez.

Para alcanzar los objetivos interdependientes de soberanía nacional y justicia social, en el mundo de hoy se necesita la propiedad social sobre los medios fundamentales de producción y el papel protagónico de la empresa estatal en la economía. 

Justicia social es educación, salud, acceso a la cultura, protección al trabajo y seguridad social, objetivos que se concretan en un sistema de instituciones presupuestadas que se financian con los ingresos de la economía estatal. No hubiésemos logrado construirla con los impuestos de una economía  subdesarrollada, privatizada y dependiente. 

La igualdad social no es una consecuencia del desarrollo económico: es un pre-requisito para el desarrollo económico. 

La trayectoria revolucionaria cubana ha construido un amplio consenso en nuestra sociedad sobre los objetivos que debemos alcanzar. Ese consenso es una innegable ventaja conquistada. 

La creencia básica del capitalismo (incluso en los que honestamente creen todavía en el capitalismo) es la construcción de prosperidad material basada en la propiedad privada y la competencia. La nuestra se basa en la creatividad movida por los ideales de equidad y solidaridad entre las personas, incluidas las generaciones futuras. 

Tenemos ante nosotros muchas opciones, y hay mucho que discutir en nuestra sociedad, pero no podríamos hacer nada si no tuviésemos soberanía nacional para defender una independencia, que depende mucho en este siglo XXI, de la educación, la ciencia y la cultura. 

Sobre la soberanía de Cuba y sobre el ideal socialista tenemos que construir un consenso sólido como una roca de granito.  Después podemos polemizar todo lo que se quiera sobre los modos concretos de lograrlos. 

La tarea nuestra es fortalecer ese consenso. El plan de nuestros adversarios históricos es erosionarlo. “Plan contra Plan”, fue una expresión de José Martí. 

En los años 80s cuando ya se apreciaban señales de desintegración en el campo socialista europeo, Fidel Castro desarrolló la doctrina de “La Guerra de Todo el Pueblo” que le puso un freno a la opción militar para destruir la Revolución. Luego en los años 90s impulsó lo que en aquel momento empezamos a llamar “La Batalla de Ideas”. 

Los que vivimos ambas etapas vemos hoy muy claro que la Batalla de Ideas es la continuidad de la Guerra de Todo el Pueblo en un nuevo escenario. 

En la primera vencimos: la historia de invasiones militares en Granada, Dominicana, Haití, Panamá y otras, no pudieron repetirla en Cuba. En la segunda, protagónica hoy y que repite esquemas de hegemonía cultural, tenemos que vencer también. 

 Es imprescindible comprender que para Cuba, Soberanía y Socialismo son la misma cosa.

 Agustin Lage Dávila

Centro de Inmunología Molecular

lunes, 23 de agosto de 2021

LOS GRANDES TEMAS NACIONALES DE HOY: LA ECONOMÍA SOCIALISTA.

En la nota de la semana pasada que titulamos “Fidel y los grandes temas nacionales de hoy”  subrayábamos tres que se discuten en todos los espacios de la sociedad y que son estos: 

1.   Las posibilidades de la economía socialista (propiedad social, planificación y equidad distributiva) para construir prosperidad. 

2.   La potencialidad de nuestro sistema político para reforzar consensos, incorporar la crítica y multiplicar la participación ciudadana. 

3.   El futuro del diferendo histórico entre Cuba y los Estados Unidos. 

Estos grandes temas subyacen casi siempre a las discusiones sobre muchos y diversos asuntos particulares. 

Es imprescindible reforzar el consenso sobre estos temas, precisamente para poder cambiar, sobre esas bases, todo lo demás que deba ser cambiado, y ampliar aun más la participación ciudadana sobre las maneras de construir la sociedad que queremos todos. No es que olvidemos la importancia de los detalles particulares (“el diablo trabaja en los detalles”, dice la sabiduría popular), pero tampoco debemos permitir que polémicas (imprescindibles) sobre temas particulares nos fragmenten el consenso sobre las esencias. 

Los grandes temas esenciales siempre son pocos y simples, y el traspaso en continuidad del liderazgo histórico hacia las nuevas generaciones requiere reforzar esos consensos básicos. 

Abundemos ahora sobre el primero de estos temas: Las posibilidades de la economía socialista para construir prosperidad. 

La supuesta incapacidad del socialismo para construir prosperidad material es uno de los ejes principales de esa guerra mayor de pensamiento que nos hacen los enemigos de nuestro proyecto social.

Para eso inventaron (reconocido por ellos mismos) el bloqueo económico, para impedir la construcción de prosperidad y echarle la culpa al socialismo, y con ese objetivo lo mantienen. 

Pero tendríamos nosotros que ser tontos para tragarnos esa profecía auto-cumplida; y sucede que no lo somos. 

El capitalismo es un sistema global, cada vez más interconectado, y es un sistema socialmente ya fracasado. Es el sistema que produjo las sangrientas guerras del siglo XX, creó indecentes desigualdades de ingreso entre países y dentro de los países, excluyó a millones de personas de su participación en la economía y causó el deterioro del medio ambiente que hoy nos amenaza a todos. La humanidad no podrá sobrevivir sin superar el capitalismo. 

Tenemos cultura suficiente para entender el panorama completo, no los fragmentos e imágenes que intencionalmente nos escogen y nos envían: Del capitalismo son los barrios de clase media de los países ricos, y son también las favelas marginales: Ambos se condicionan mutuamente. Del capitalismo es el nivel de consumo europeo, y también las penurias de África: Ambos se condicionan mutuamente. 

Desde 1963 Fidel Castro había expresado: “Marx concibió el socialismo como resultado del desarrollo. Hoy para el mundo subdesarrollado el socialismo es ya incluso una condición del desarrollo”.  

La batalla de ideas es ahora para fortalecer el consenso sobre los procedimientos específicos que necesitamos para alcanzar nuestros objetivos, procedimientos que no son ni la transferencia espontánea de la propiedad estatal hacia el sector privado o la inversión extranjera, ni tampoco el control burocrático sobre la creatividad de las instituciones y sobre los necesarios procesos de exploración de alternativas en un contexto mundial de incertidumbres. 

Esa exploración está ocurriendo en los momentos mismos en que se escriben estas notas. Hace apenas unos días la Gaceta Oficial (Nº94 del 19 de agosto) publicó 4 Decretos-Ley del Consejo de Estado que contienen nuevas decisiones sobre el trabajo por cuenta propia, las micro, pequeñas y medianas empresas, las cooperativas no-agropecuarias y el sistema tributario. En mayo el Decreto-Ley 34 expuso nuevas ideas sobre la organización y funcionamiento del sistema empresarial estatal. 

Esa labor legislativa concreta el concepto de que el socialismo no es un sistema de gestión vertical centralizada, sino un sistema de propiedad social, de participación y de equidad distributiva. 

Estamos en movimiento, haciendo revolución dentro del socialismo, cambiando lo que deba ser cambiado, con sentido del momento histórico, como definió Fidel abriendo las puertas hacia el siglo XXI cubano. 

Habrá socialismo y habrá cambios. Pero esos cambios los vamos a hacer nosotros, los cubanos, a partir de nuestras raíces históricas, de nuestros valores y de nuestra soberanía, que es el derecho a ser diferentes. 

Podemos triunfar. Y eso explica la desesperación que muestran nuestros enemigos de siempre, en los laboratorios de ideas de su “complejo militar-cultural”, apurados por fragmentar la cohesión social en Cuba y erosionar el consenso construido. Se les acaba el tiempo.

 

Agustin Lage Dávila

Centro de Inmunología Molecular

 

lunes, 16 de agosto de 2021

FIDEL Y LOS GRANDES TEMAS NACIONALES DE HOY

 Hace unos días conmemoramos el aniversario 95 del natalicio de quien ha sido una de las personalidades políticas más relevantes del siglo XX: Fidel Castro.

 Y aunque se celebra justamente su impronta en la historia, apenas comienzan a fluir ideas podemos darnos cuenta de que los debates sobre Fidel no son debates sobre el pasado: son sobre el futuro. De Fidel Castro no se puede hablar “en pasado”. Fidel pertenece al futuro y lo necesitamos para construir el futuro.

 En el campo del desarrollo científico y tecnológico (que es solamente uno de los tantos campos del quehacer humano en que su pensamiento incursionó), y en la peligrosa década de los 90s, Fidel insistió en dos grandes conexiones del quehacer científico: la que tiene con la independencia nacional y la que tiene con el desarrollo económico.

 Así lo dijo en 1990 en un Congreso de Pedagogía: La independencia no es una bandera, o un himno, o un escudo. La independencia no es cuestión de símbolos. La independencia depende del desarrollo, la independencia depende de la tecnología, depende de la ciencia en el mundo de hoy”.

 Y luego en 1993, ante un grupo de científicos en Santiago de Cuba expresó: “La Ciencia, y las producciones de la ciencia deben ocupar algún día el primer lugar de la economía nacional. Pero partiendo de los escasos recursos, sobre todo de los recursos energéticos que tenemos en nuestro país, tenemos que desarrollar las producciones de la inteligencia, y ese es nuestro lugar en el mundo, no habrá otro”.

 Su visión de esas conexiones explica su insistencia en el desarrollo científico, la coherencia de su dedicación a este tema, su sistemática interacción con los científicos (que éramos jóvenes en aquella época) y la siembra que hizo de conceptos y valores tales como:

  1-El compromiso con el futuro, aun en medio de enormes dificultades inmediatas.

  2-El valor del conocimiento para la defensa de la soberanía nacional y la justicia social.

  3-El acceso masivo a los conocimientos y la cultura como derecho humano, y como pre-requisito para el desarrollo económico.

  4-La simultaneidad entre el esfuerzo por la extensión del acceso a la ciencia y la técnica, y el esfuerzo por la profundidad y la calidad.

  5-La confianza en las enormes potencialidades intelectuales y éticas del ser humano.

  6-La voluntad de plantearse metas cada vez más altas y más audaces. Gabriel García Márquez caracterizó una vez a Fidel como “un hombre de ilusiones insaciables, incapaz de concebir ninguna idea que no sea descomunal…”

  7-El sentido de urgencia, captado en esa frase del propio Fidel (en 1967), que dice: “milito en el bando de los impacientes, de los apurados…”

  8-La consagración al trabajo, como una expresión concreta de la ética del científico.

  9-La idea de una economía basada en la Ciencia y la Tecnología, como palanca principal de nuestro desarrollo.

 La visión de Fidel y la coherencia de sus acciones (la coherencia de pensamiento y acción es uno de los rasgos distintivos de los grandes líderes) le dio a la ciencia una centralidad y una responsabilidad en el proyecto social, que es una de las grandes originalidades de la Revolución Cubana.

Esa responsabilidad de la ciencia se mantiene hoy y no es casual que hayamos celebrado el 95 aniversario de Fidel con un evento internacional titulado “Fidel: Un hombre de ciencia con visión de futuro”.

 Algo que vimos hacer a Fidel una y otra vez, fue identificar en cada momento y dentro de la complejidad de cada situación, cuales son los temas nacionales esenciales, aquellos en que aciertos (o fracasos) pueden tener un efecto multiplicador sobre todos los demás asuntos. Separar lo esencial de lo coyuntural y actuar en coherencia, siempre en coherencia.

 Fidel nos guio ayer con esa aguda percepción de lo esencial. Hoy, ante los retos de los tiempos nuevos, tenemos que construir esa percepción entre todos.

 Actualmente, en la compleja diversidad de asuntos que se discuten en todos los espacios de la sociedad se dibujan tres grandes temas nacionales:

 1.   Las posibilidades de la economía socialista (propiedad social, planificación y equidad distributiva) para construir prosperidad.

 2.   La potencialidad de nuestro sistema político para reforzar consensos, incorporar la crítica y multiplicar la participación ciudadana.

 3.   El futuro del diferendo histórico entre Cuba y los Estados Unidos.

 Los grandes temas esenciales siempre son pocos y simples. No permitamos que complejidades y particularidades nos confundan.

En estos tiempos en que ocurre el traspaso del liderazgo histórico de la Revolución hacia nuevas generaciones, la imprescindible continuidad requiere un sólido consenso sobre cuáles son las cuestiones nacionales principales.

 Podemos (y debemos) discutir muchos asuntos polémicos: una ley puede estar mejor o peor redactada, un organismo o empresa pueden funcionar bien o mal, el momento del ordenamiento monetario debió haber sido antes o después, los precios deben controlarse o liberarse, los procesos de cambio en la economía tienen la velocidad adecuada o no, un determinado cuadro puede ser más o menos competente, y muchas otras cosas, pero en todos estos asuntos el consenso a que lleguemos y las acciones que de ahí derivemos dependerán de cómo nos posicionamos antes los tres grandes temas nacionales.

 Y para orientarnos en esos temas necesitamos ahora más que nunca del pensamiento de Fidel Castro. Fidel pertenece al futuro.

 Agustin Lage Dávila

Centro de Inmunología Molecular

lunes, 9 de agosto de 2021

NO NECESITAMOS DESIGUALDADES PARA CONSTRUIR PROSPERIDAD

 La nota que publiqué aquí el pasado 2 de agosto titulada “Que es lo que quieren?: La expansión de las desigualdades”, buscaba alertar sobre las intenciones de quienes nos presionan a evolucionar hacia fórmulas capitalistas en nuestra economía.

  Fue bien recibida y compartida, pero también en varios espacios de debate hubo compañeros (buenos compañeros) que expresaron que el temor a la expansión de las desigualdades sociales podría convertirse en un freno a los cambios necesarios para aumentar la productividad del trabajo y construir la prosperidad que tanto deseamos y necesitamos.

 Tal preocupación es entendible pero es injustificada: No necesitamos para nada la expansión de las desigualdades. Nuestra economía puede crecer sin ello.

  De hecho, los datos (de nuevo y siempre “los datos”) indican que la realidad es al revés: Las desigualdades sociales generan ineficiencia en la economía.

 Sugiero leer el excelente ensayo publicado por la Dra. Alicia Bárcena y su equipo de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) titulado “La Ineficiencia de la Desigualdad”. Está accesible en internet ( https://www.cepal.org/es/publicaciones/43442-la-ineficiencia-la-desigualdad).

 De ese ensayo es la siguiente gráfica que relaciona el Índice de Gini (un coeficiente que mide el grado de desigualdad de los ingresos, y que es mayor a mayor desigualdad) con la productividad del trabajo en un grupo grande de países.

 La conclusión es que la desigualdad afecta negativamente la productividad. Los países con mayores índices de desigualdad son los menos productivos.

 Uno de los mitos de la ideología capitalista pretende convencernos de que las desigualdades sociales son necesarias para el crecimiento de la economía. Se pretende así legitimar el sistema de propiedad privada sin límites y libre competencia sin control que las engendra.

 Esa afirmación no resiste la contrastación con los datos: De hecho en varios países  actualmente hay datos que demuestran que los períodos de reducción de desigualdades coinciden con los de mayor crecimiento de la economía.

Y viceversa.

 Obviamente los cubanos de hoy no estamos satisfechos con la dinámica a la que ha ocurrido y ocurre nuestro desarrollo económico.

Hemos tenido y tenemos problemas, lazos que atan las fuerzas productivas.

 Pero el problema no está en la equidad: está en la centralización de las decisiones económicas, y la ironía reside en que muchas veces el camino de la centralización se ha emprendido en nombre de la equidad.

La sabiduría colectiva de los cubanos en este momento de transformaciones económicas (las vemos en la prensa y en la calle todos los días) consiste en no confundir ambas cosas.

Y fortalecer el consenso sobre los procedimientos que necesitamos, que no son ni la transferencia incontrolada de la propiedad estatal hacia el sector privado o la inversión extranjera, ni tampoco el control estatal burocrático sobre la creatividad de las instituciones y los necesarios procesos de exploración en un contexto mundial de cambios tecnológicos e incertidumbres.

 A esta sabiduría nos convoca el texto de la Constitución de la República que aprobamos masivamente en el 2019 y que dice en su Artículo 30:

“La concentración de la propiedad en personas naturales o jurídicas no estatales es regulada por el Estado, el que garantiza además una cada vez más justa redistribución de la riqueza, con el fin de preservar los límites compatibles con los valores socialistas de equidad y justicia social”

 Con ese lente hay que mirar todo lo que hacemos. No necesitamos expansión de desigualdades para nada. Ya crecieron durante el período especial y no deben crecer más.

 Se preguntarán muchos, justamente ¿y cómo se hace esto?. El tema tiene fuertes conexiones con la construcción de cultura, y también con el desarrollo tecnológico, pero eso es materia para próximos comentarios.

Agustín Lage Dávila

Centro de Inmunología Molecular

lunes, 2 de agosto de 2021

¿QUÉ ES LO QUE QUIEREN? : LA EXPANSIÓN DE LAS DESIGUALDADES.

  Es cierto que entre los que buscan destruir la Revolución Cubana y revertir el proceso de construcción de justicia social de los últimos 60 años hay muchos que no saben lo que quieren. Reaccionan con rabia primitiva, o con arrogancia intelectual, a las dificultades del presente sin preguntarse de dónde vienen y sin formular alternativas. Pero hay otros (aquí y afuera) que sí saben perfectamente lo que quieren, y son los que manipulan a los primeros.

 Que no se engañe nadie: lo que quieren es la expansión de las desigualdades sociales en Cuba, y por supuesto, caer ellos del lado de los pocos beneficiados en esas desigualdades.

 Es eso lo que traería a nuestro país un proceso (gradual o abrupto) de restauración del capitalismo. Porque es eso exactamente lo que ha hecho el capitalismo en todos los lugares y en todos los tiempos, desde hace más de 300 años: crear y amplificar desigualdades sociales.

 Pero pospongamos (por ahora) la arenga de barricadas, y volvamos a la frialdad de los datos verificables.

 Es el capitalismo el modelo económico socialmente fracasado que ha conducido a las desigualdades de hoy, en que el 1% más rico controla la mitad de los activos en el mundo mientras que el 50% “de abajo” colectivamente posee menos del 5% de riqueza global. El 0.1% de la población mundial  (los  súper-ricos ) posee el 20% de la riqueza global. Si el presidente de los Estados Unidos quiere hablar de “un sistema fallido”, debería empezar por reconocer y explicar ese fallo colosal del capitalismo.

Las desigualdades producidas por el capitalismo mostraron una tendencia creciente durante el siglo XIX. Esta tendencia se interrumpió por las grandes tragedias de las guerras mundiales y entonces, en las tres décadas siguientes a la 2ª Guerra Mundial se produjo una contracción de las desigualdades, conducida por las políticas del Estado de Bienestar implantadas por la socialdemocracia europea, en no poca medida presionadas por el ejemplo de justicia distributiva de la URSS y el campo socialista. Las políticas de esos 30 años en los países capitalistas desarrollados incluyeron en diferentes combinaciones nacionalizaciones, educación pública, sistema público de salud, e impuestos progresivos. Son precisamente éstas las políticas que los ideólogos del capitalismo les critican hoy a los proyectos socialistas. Esas políticas aun sin llegar a plantearse superar el capitalismo, le impusieron límites durante un tiempo a la expansión de las injusticias sociales.

Pero después todo volvió a cambiar, y no para bien. Las desigualdades volvieron a crecer a partir de los años 80s como consecuencia de las políticas neoliberales impuestas por los gobiernos de Ronald Reagan en los Estados Unidos y de Margaret Tatcher en el Reino Unido, etapa que se conoce como “la revolución conservadora”.

A América Latina le impusieron esas políticas neoliberales a través de las dictaduras militares principalmente en el cono sur y se ampliaron las desigualdades a niveles indecentes. En esa misma etapa, Cuba las redujo.

Las desigualdades sociales tienen un componente de diferencias “entre países” y otro componente de diferencias “dentro de los países”.

 Actualmente las desigualdades entre países son el componente principal, pero cuando se explora la distribución de la riqueza al interior de las sociedades se aprecia también un incremento de las desigualdades, especialmente en los países de menor desarrollo. Así por ejemplo, el 10% mas rico de la población recibe el 54% de los ingresos totales en África Sub-sahariana, el 65% en África del Sur, el 56% en Brasil y el 64% en el Medio Oriente.

La cantidad de absoluta personas viviendo en barrios marginales en los países pobres creció de 650 millones a 863 millones entre el año 1990 y el 2012.

 Y no se trata solamente de desigualdades en la riqueza. Estas se convierten también en desigualdades educacionales. En los Estados Unidos, por ejemplo, hay una clara relación entre la probabilidad de acceso de un joven a la educación superior y el nivel de ingreso de sus padres: El acceso a la educación superior es apenas 20% para las clases más pobres, y llega a 90%  para los más ricos. La desigualdad en el acceso a la educación propaga las desigualdades sociales a las próximas generaciones.

 Eso, o peor, es lo que quieren para Cuba quienes manipulan en las redes sociales las realidades cubanas, y los que les pagan a esos.

Y lo quieren porque en todas las sociedades desiguales siempre ha habido una pequeña élite que se beneficia de las desigualdades y las perpetúa.

 Pero eso no es lo que queremos la mayoría de los cubanos. Lo que quiere esa inmensa mayoría, que resiste y construye en Cuba, es lo que está en la Constitución que aprobamos en el 2019, con el 86.85% de los votos, y que dice en su Artículo 1: “Cuba es un Estado socialista de derecho y justicia social, democrático, independiente y soberano, organizado con todos y para el bien de todos como república unitaria e indivisible, fundada en el trabajo, la dignidad, el humanismo y la ética de sus ciudadanos para el disfrute de la libertad, la equidad, la igualdad, la solidaridad, el bienestar y la prosperidad individual y colectiva”.

 Los cubanos que construimos Cuba sabemos muy bien lo que queremos, y lo que no queremos. Y la verdad es que somos muchos.

Agustín Lage Dávila

Centro de Inmunología Molecular.

LOS COMPLEJOS DEBATES DE HOY VISTOS DESDE LAS CIENCIAS NATURALES

   La formación profesional de cada uno de nosotros influye inevitablemente en la manera en que apreciamos la realidad y definimos prioridad...