En el Informe Político presentado al XI Congreso del Partido Comunista de Rusia en 1922, Vladimir Ilich Lenin escribió:
Centro de Inmunología Molecular
En el Informe Político presentado al XI Congreso del Partido Comunista de Rusia en 1922, Vladimir Ilich Lenin escribió:
Centro de Inmunología Molecular
La semana que recién concluyó marcó el reconocimiento en Cuba de que la epidemia de COVID 19 había entrado en un nuevo escenario de control, con bajo nivel de trasmisión del virus y diagnóstico aislado de casos. El país mantiene una tasa de vacunación de las mayores del mundo, y en base a vacunas de diseño y producción propios. Los casos diagnosticados disminuyen de manera sostenida y la letalidad se redujo a 0.15%. Han transcurrido semanas sin fallecidos. Se suspendió el uso obligatorio de las mascarillas. La COVID-19 comienza a parecerse a una infección respiratoria viral como todas las otras que siempre han existido y con las que hay que convivir.
Las vacunas, y no solo estas, sino todos los otros componentes de la estrategia de control de la epidemia, funcionaron.
Sin dudas, el control de la COVID 19 es un éxito grande e innegable de la sociedad cubana.
Esta batalla victoriosa deja muchas experiencias, en muy diversos campos, que hay que analizar y proyectar hacia el futuro.
Las experiencias para la estructura y estrategias de nuestro sistema de salud están siendo discutidas en varios espacios, dentro y fuera del MINSAP. Ellas refuerzan el concepto de que la salud no es solamente una “ciencia biológica” sino que es principalmente una “ciencia social”, aunque con componentes biológicos. Refuerzan el concepto de que la protección de la salud es un área de “fallo de mercado”: los mecanismos del mercado no funcionan, y solamente el socialismo en Cuba podía haber logrado lo que se logró.
Sin embargo, estas aristas del análisis NO son el objetivo central de este comentario. Aquí nos concentraremos en otro de los componentes de la batalla que fue el rol protagónico de la ciencia, la tecnología y la innovación.
Todas las capacidades científicas y tecnológicas del país se movilizaron.
Los epidemiólogos estudiaron la epidemia en tiempo real, en Cuba y en comparación con otros países. Se identificaron los factores de riesgo para el contagio y para la severidad. Se analizaron sistemáticamente las bases de datos internacionales y se montaron las nuestras. Los matemáticos modelaron la epidemia y sus pronósticos en base a diversos algoritmos. Los médicos intensivistas diseñaron protocolos de actuación. Especialistas médicos en diferentes campos caracterizaron el cuadro clínico de la enfermedad y sus complicaciones.
BioCubaFarma propuso e implementó el reposicionamiento de varios de sus productos para el manejo de la inflamación. Los inmunólogos estudiaron las subpoblaciones celulares y las citocinas. Se trabajó intensamente en el desarrollo de nuevas vacunas se ensayaron con rigurosa metodología científica. Los ingenieros escalaron las producciones para alcanzar las cantidades requeridas de las vacunas y de otros productos. Se crearon varias nuevas aplicaciones informáticas.
Fue un esfuerzo enorme, sustentado en la ética de consagración al trabajo que se había ido consolidando en la ciencia cubana desde hacía décadas. Pero además, y esto es muy importante, fue un esfuerzo coordinado, que permitió reducir tiempos y ganar en calidad. Se crearon varios comités multidisciplinarios que sesionaban varias veces a la semana. Se implementó un intercambio permanente con la autoridad regulatoria de medicamentos. Las intervenciones se evaluaron con metodología científica. El intercambio con las máximas autoridades del Partido y el Gobierno fue permanente.
Las autoridades de salud indicaban lo que debía ser investigado, en un valioso ejercicio de “ciencia guiada por la demanda de conocimientos” y enfocada a optimizar el proceso en su conjunto y no los componentes separados de éste, como a veces sucede por la especialización y sub-especialización. Todo ello se acompañó con una estrategia de publicaciones científicas en revistas especializadas de circulación internacional, lo que garantizaba no solo la visibilidad, sino la exposición a la crítica externa especializada en todo lo que se hacía.
Fue un gran ejercicio de conexión de la ciencia con la sociedad.
Y ahora debemos hacernos una pregunta sensible: ¿porqué no sucede algo similar en intensidad y coordinación en otros campos del saber y el impacto social? Pensemos por ejemplo en la producción de alimentos, las construcciones, la industria manufacturera, la distribución de energía, el manejo de residuales y otras áreas donde se escuchan frecuentes quejas de que los resultados de la investigación científica no se aplican con suficiente celeridad e impacto.
El desarrollo científico tiene dos componentes: El primero es la intensidad de la actividad científica (investigadores, instituciones, artículos publicados, financiamiento, etc); el segundo es la conectividad, es decir, cómo la ciencia conecta con la producción, con la economía, con la salud, la educación y otros componentes de la vida del país.
Si hablamos sobre la conexión de la ciencia y la innovación con la producción, tenemos ejemplos brillantes de los cuales nuestro pueblo puede sentirse orgulloso y el ejemplo más reciente está en las vacunas que controlaron la epidemia de COVID, pero no es solo ese último acto. La industria biotecnológica cubana despegó en los años 80s (un despegue científico e industrial conducido muy directamente por Fidel) y desde entonces ha estado produciendo resultados: nuevos fármacos y vacunas, nuevas empresas, capacidades productivas y exportaciones a más de 40 países.
No es lo único: también está el campo de la informática y las telecomunicaciones, donde es evidente para todos, el aumento de la conectividad y la diversidad de soluciones informáticas en muchos aspectos de la vida nacional.
Sin embargo, es igualmente evidente que esos logros derivados de la aplicación de la ciencia y la innovación en el sector empresarial no se replican en otros sectores y tenemos que preguntarnos por qué.
Más aún, si miramos a los indicadores “macro” veremos que las solicitudes de patentes nacionales (absoluta y relativa a las solicitudes de extranjeros) vienen disminuyendo desde el 2002 y que la fracción de bienes de “alta tecnología” en nuestras exportaciones sigue muy baja.
Tenemos en Cuba 246 Entidades de Ciencia y Técnica, 50 universidades, más de 89000 trabajadores en la actividad de Ciencia, Tecnología e Innovación, más de 52000 con nivel universitario y hemos graduado más de 18000 doctores en Ciencias. Y tenemos el deber de preguntarnos porqué esas capacidades no impactan más en la vida empresarial.
No es una pregunta fácil de responder. En los problemas económicos y sociales las relaciones de “causa-efecto” no son directas ni lineales como en la física, y la pregunta de ¿por qué sucede tal cosa...?, puede ser una invitación al simplismo.
Lo que podemos hacer es identificar fenómenos que influyen y entre ellos hay tres, que merecen especial atención:
1.
La estructura del financiamiento.
2.
Las conexiones de las empresas con el comercio
exterior
3. La “cultura de aversión al riesgo” en nuestros empresarios
Nuestra actividad de ciencia y tecnología se financia mayoritariamente por el presupuesto del Estado, y se ejecuta también mayoritariamente en entidades del sector presupuestado, lo cual es una distribución propia del subdesarrollo (en América Latina es así también). En los países que han alcanzado mayor desarrollo tecnológico la ciencia se financia en más de un 60% por las empresas, y los laboratorios de Investigación-Desarrollo de las empresas son protagonistas. En nuestro momento de despegue de la biotecnología la solución que se buscó para este problema (y funcionó) fue la creación de “Centros de Investigación-Producción” que asumen el escalado de los productos que desarrollan, y cierran el ciclo financiero con sus propias exportaciones. Tendremos que revisar en cuales otros sectores es aplicable un esquema similar. En el 2020 el Consejo de Ministros capturó la idea en el Decreto de Empresas de Alta Tecnología, pero esta opción, hasta el momento, ha sido empleada por pocas empresas.
Otro componente del problema es la conexión con las exportaciones. A mediados del siglo XX el volumen mundial de exportaciones, como % del Producto Interno Bruto era apenas un 10%. Luego comenzó a crecer aceleradamente y hoy se acerca a 40%. Esa es la globalización. Y es aún más importante para los países pequeños. Las empresas que no exportan, o que lo hacen indirectamente con varios intermediarios en el camino, terminan no teniendo idea de lo que el mercado demanda, y de las tendencias mundiales de las tecnologías, y se quedan sin incentivos para la innovación. Es la situación de muchas de nuestras empresas, cuya prioridad es más “cumplir el plan” y ahorrar, que crecer en sus operaciones económicas y en el valor añadido que crean. De nuevo tomo como referencia los inicios del desarrollo de la biotecnología en Cuba (excúsenme los lectores, no es “el ombligo del mundo”, pero es el área en que puedo pretender conocer “algo”). Allí la decisión de los años 90s fue darle atribuciones directas de exportación a la mayoría de las empresas emergentes. Y les puedo asegurar que a partir de esa decisión la visión de nuestro propio trabajo, y de las prioridades, cambió.
Por ahí andan las causas del escaso
aprovechamiento de muchos resultados de la ciencia cubana en nuestras empresas.
¿Qué podemos (y debemos) hacer para
revertir esa situación?
Lo primero es tomar
conciencia de que el problema existe y que es importante.
Tenemos éxitos
innegables y todo el derecho del mundo a sentirnos orgullosos de esos
resultados. No le vamos a permitir a nadie que intente, por el camino de las
críticas necesarias a las insuficiencias, llevarnos al pesimismo y la
desilusión. A los amargados, los vamos a dejar que se amarguen solos. Los
revolucionarios asumiremos los problemas como motivaciones para resolverlos y
seguir adelante.
Lo siguiente es saber muy bien quien y como tiene que resolverlos. Nuestros problemas, y lo que discutimos en este comentario es uno de ellos, hay que resolverlos desde la soberanía nacional y desde el socialismo. Y el protagonista principal de las soluciones tiene que ser la Empresa Estatal Socialista (incluyendo la PyME estatal y sus asociaciones), propiedad de todo el pueblo, y nuestro sistema de instituciones científicas, de salud y educacionales, que también son propiedad de todo el pueblo.
Sobre esas bases, tendremos que construir mejor (y más rápido) un sistema de financiamiento de la ciencia, la tecnología y la innovación que integre más al sector empresarial, una estrategia de inserción internacional desde las empresas, distribuida y dinámica, y una política de formación de los empresarios del socialismo y de la tecnología avanzada.
También tendremos que multiplicar la dinámica de creación de nuevas empresas estatales, incluyendo más Empresas de Alta Tecnología, y más PyME estatales. Ellas son los instrumentos del poder del pueblo en la economía.
Hay que continuar fortaleciendo las conexiones entre la ciencia, la producción y los servicios. Conexiones que deben funcionar en ambas direcciones. Necesitamos más científicos participando en la toma de decisiones en el sector empresarial, pero también más empresarios y productores participando en la toma de decisiones sobre las estrategias de la ciencia.
No hay espacio en este breve comentario para discutir procedimientos en detalle (lo estamos haciendo en muchos y diversos escenarios), pero sí para reforzar la idea de que hay que construir esos procedimientos e innovar también en los propios procesos de integración entre la ciencia y la economía. Y para insistir en que la velocidad a que hagamos las cosas es crítica.
El desarrollo económico implica producción industrial, y el socialismo requiere desarrollo económico, pero no tenemos tiempo histórico para reconstruir el camino de industrialización tradicional, en el que, además, siempre estaríamos entre los rezagados. Hay que acceder directamente a la economía basada en el conocimiento y a las tecnologías de la industrialización avanzada (la llamada “cuarta revolución industrial”), y en un país de nuestras dimensiones, eso significa también construir una economía insertada en la economía mundial, por canales múltiples y distribuidos.
La construcción de conocimiento (eso es lo que hacen los científicos) es esencial, pero también la conexión del conocimiento con los sistemas productivos, y los científicos tenemos que asumir esa tarea también. No solo como “asesores”, sino también como participantes e incluso como empresarios del socialismo. De nuestro sistema de ciencia, tecnología e innovación tendrán que emerger empresas nuevas. Nuestros científicos y nuestros empresarios tendrán que crearlas juntos.
José Martí ya nos había dicho esto desde el siglo XIX: “La razón, si quiere guiar, tiene que entrar en la caballería”
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Los debates de hoy sobre nuestra
economía giran en torno a una enorme variedad de temas particulares y de
decisiones reales o posibles, y todos se pueden ver desde una perspectiva de
corto plazo (las consecuencias inmediatas y locales de cada decisión) o desde
una perspectiva a mediano plazo (hacia donde nos lleva la acumulación de
decisiones de uno u otro tipo).
No deberíamos caer en la trampa de que
decisiones aparentemente racionales para un problema concreto y en un lugar
concreto, nos desvíen de la ruta hacia el tipo de sociedad humana que queremos
construir en Cuba. Nuestros adversarios, y sus seguidores (por perversidad o
por ingenuidad) nos empujan precisamente
hacia esa trampa.
En la base de todo lo que discutimos
están, más visibles o menos, dos cuestiones esenciales: la propiedad y la distribución de la riqueza. Ahí está la brújula
para orientarnos en cada polémica.
La Constitución de la República de Cuba,
que aprobamos los cubanos en el año 2019 con más del 86% de votos positivos, dice en su Artículo 18: “En la República de Cuba rige
un sistema de economía socialista basado en la propiedad de todo el pueblo
sobre los medios fundamentales de producción como la forma de propiedad
principal, y la dirección planificada de la economía, que tiene en cuenta, regula
y controla el mercado en función de los intereses de la sociedad”. E insiste
en su Artículo 30 en que: “ La
concentración de la propiedad en personas naturales o jurídicas no estatales es
regulada por el Estado, el que garantiza además, una cada vez más justa
redistribución de la riqueza, con el fin de preservar los límites compatibles con
los valores socialistas de equidad y justicia social”.
No estamos diciendo nada extraño. La
Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano, que emergió en 1789 de la
Revolución Francesa decía esto en su Artículo 1: Los hombres nacen y permanecen
libres e iguales en derechos. Las distinciones sociales sólo pueden fundarse en
la utilidad común.” Así,
una estratificación social que no responda al interés común es ilegítima desde
hace más de 200 años.
Pero el
capitalismo, algunos de cuyos personajes esgrimen fuera de contexto los
derechos humanos, ha incumplido colosalmente esa promesa. El siglo XIX
presenció un aumento sostenido de las desigualdades, incluyendo las guerras
coloniales y la esclavitud, y luego en el siglo XX, después de un breve intento
socialdemócrata de marchar en dirección de la justicia social, las doctrinas
neoliberales justificaron a partir de 1980, una nueva expansión de las
desigualdades.
En las
principales economías capitalistas, mientras que la fracción de los ingresos
que captura el 10% más rico de la población crece continuamente, el ingreso del
50% más pobre ha bajado, desde un 25% del ingreso en 1980 a un 15% en el momento actual, y cerca de un 10% en la
sociedad hiper-capitalista de los Estados Unidos. El 10% más rico recibe 19
veces más ingreso que el 50% “de abajo”, y la tendencia sigue. La parte de los
ingresos que recibe el 10% más rico de la población es 48% en los Estados
Unidos, 56% en Brasil, 64% en el Medio Oriente (datos de T. Piketty: Capital e
Ideología. Ediciones Seuil, Paris, 2019)
Más socialmente
peligroso aun es que la desigualdad económica se traslada hacia desigualdad
educativa. La probabilidad de ingreso de un joven norteamericano a la educación
superior crece linealmente con la riqueza económica de los padres.
La conclusión
es muy evidente: el capitalismo
automáticamente genera desigualdades sociales, arbitrarias e insostenibles.
Es la propiedad
social sobre los medios de producción, y el protagonismo del Estado en la
economía, la única garantía posible de
la redistribución justa y permanente de la riqueza, y de las capacidades de
inversión social. Necesitamos un sector estatal fuerte, y con esas capacidades.
¿Cómo lo
creamos y desarrollamos? En los años 60 el sector estatal de la economía creció
rápidamente mediante las nacionalizaciones revolucionarias de las empresas
capitalistas. El sector estatal de la economía no surge espontáneamente de la
operación de las fuerzas del mercado, ni de la racionalidad empresarial de
corto plazo. Hay que crearlo “revolucionariamente”.
Así lo hicimos en Cuba en los años
60s. También Méjico (1938) y Venezuela (1975) en su momento nacionalizaron el
petróleo, y Chile (1969), el cobre. También en Europa hubo una importante ola
de nacionalizaciones en la etapa 1950-1970, que creó un amplio sector público
en las economías. Luego la ideología
neoliberal a partir de la década de los 80s levantó las banderas de la
privatización de todo.
En Cuba
resistimos. Pero ahora tenemos que plantearnos con energía y sabiduría de qué
manera continuamos desarrollando nuestras empresas estatales.
Ya no tenemos
nada más que nacionalizar. Nuestro parque empresarial propiedad de todo el
pueblo tiene ahora que seguirse desarrollando mediante la creación de nuevas empresas estatales, y entre ellas,
especialmente las empresas de base tecnológica, es decir, aquellas que se
dedican al desarrollo y explotación comercial de innovaciones tecnológicas,
innovaciones que obviamente contienen incertidumbres.
Si aspirásemos
a una tasa de natalidad de nuevas empresas de un 10% (lo cual no es
extraordinario en países de economías técnicamente avanzadas) entonces, y dado
que tenemos algo más de 1700 empresas estatales, deberíamos estar creando algo
más de 170 empresas estatales nuevas cada año. No es una “meta”, y sería
superficial asumirla como tal, pero es un punto de referencia en la dinámica
empresarial.
Muchas de esas
empresas, especialmente aquellas de base tecnológica, serán empresas pequeñas,
pero también deben ser estatales, y muchas de ellas deberán emerger de
colectivos científicos y tecnológicos que hoy están en el sector presupuestado,
por ejemplo, en universidades y centros científicos.
Fue así precisamente
que surgieron en los 80s las que hoy son las empresas de la Biotecnología, y
también fueron pequeñas y medianas al inicio.
Pero es un
proceso que no surge de las lógicas económicas de corto plazo. Requiere
voluntad política, compromiso revolucionario y diseño estratégico. Y también el
coraje para asumir riesgos.
Hacer nacer un
sector empresarial de alta tecnología, dinámico por la creación de empresas
nuevas, y propiedad socialista de todo el pueblo, es una tarea hermosa y
retadora para los jóvenes científicos y tecnólogos de hoy, y para los jóvenes
empresarios del socialismo cubano. Como las nacionalizaciones de los 60s, es
algo que hay que hacer “revolucionariamente”.
Habrá
obstáculos, seguro que los habrá. De obstáculos en el camino habló Martí en su
ensayo “A la raíz” (1893) y dijo esto: “Y
a lo que estorbe, se le ase del cuello como a un gato culpable, y se le pone a
un lado”.
Agustín Lage Dávila
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En la sociedad cubana de hoy escuchamos a muchos científicos de las ciencias naturales (me refiero aquí a profesionales de la investigación científica, porque pensamiento científico debemos tener todos cada vez más) hablando sobre temas económicos, opinando en debates públicos, con las autoridades o en la calle, o incluso defendiendo sus opiniones y propuestas en los medios de comunicación.
No es algo trivial. No recuerdo haber
leído de muchos naturalistas o químicos del siglo XIX, ni de muchos físicos nucleares
o relativistas del siglo XX, sus opiniones y propuestas sobre las coyunturas
económicas de su tiempo. Tampoco se escuchan de muchos biólogos moleculares de
otros países, con los que tanto discutimos de diversos temas.
¿No sería mejor que de estos asuntos
económicos se ocupasen los profesionales de la economía o los científicos de
las ciencias sociales (los que “saben del tema”), y dejar a los científicos de
las ciencias naturales concentrados en sus laboratorios, o cuanto más,
emitiendo una opinión diletante frente a una taza de café? He visto asomar ese
criterio con cierta frecuencia, detrás de una sonrisa condescendiente.
Pero no es eso lo que sucede, al menos
no en Cuba en estos momentos. Gran parte de la comunidad científica está
pensando y opinando sobre los temas económicos, tanto como sobre sus moléculas
y sus experimentos. Y es bueno que
suceda así, y es útil preguntarnos porqué sucede así.
La
primera razón
y la más importante, es que somos ciudadanos, cubanos, enamorados del proyecto
de convivencia humana propuesto por Martí y por Fidel, comprometidos con Cuba,
y con el socialismo. Y si nuestro desafío principal de hoy está en la economía,
seremos participantes de esa batalla económica, igual que si nos agreden,
seremos milicianos.
Pero además de esta razón moral esencial y
evidente, hay otras razones más “técnicas”, para que ese debate sobre temas
económicos en la comunidad científica cubana gane intensidad precisamente en
estos momentos.
Eso sucede:
Porque la economía mundial ha cambiado, y ahora es una economía directamente dependiente de la ciencia, la tecnología y la innovación. Ya no es la economía agraria de subsistencia, y no es tampoco la economía industrial de producciones en gran escala (azúcar por ejemplo) y estandarizadas. Ahora depende del lanzamiento sistemático de productos novedosos, que sustituyen a los productos precedentes; y de la asimilación a tiempo de nuevas tecnologías de producción.
Porque la economía se ha globalizado y eso implica que una parte creciente del valor de nuestra economía hay que realizarla en las exportaciones, y con productos de alta tecnología y alto valor agregado, así como participando en cadenas globales de valor. Ello incluye también negociaciones sobre “activos intangibles”, patentes, tecnologías, datos, etc. Y todo esto demandará cada vez más negociaciones de inserción internacional “distribuidas” entre muchos actores.
Porque la capacidad innovadora de las empresas depende cada vez más de sus vínculos con entidades del sector presupuestado, especialmente instituciones científicas, educacionales y también de la salud. Esos nexos son especialmente importantes para Cuba, porque tenemos un sector presupuestado grande (en el empleo y en el PIB) y queremos que siga siendo así.
Porque necesitamos una dinámica mayor de surgimiento de empresas nuevas, que son un motor esencial para la asimilación de tecnologías nuevas; y muchas de esas empresas podrán emerger precisamente de colectivos científicos o universitarios que hoy están en el sector presupuestado. Ya sucedió así en el sector de la biotecnología.
Porque la dinámica demográfica de nuestro país nos lleva hacia una fuerza de trabajo envejecida (digamos mejor “madura”) que solamente podrá ser económicamente productiva en una economía de alta tecnología.
Porque queremos defender el socialismo y su enorme potencial de justicia social, así como el espacio protagónico de la empresa estatal socialista (está en nuestra Constitución); y es precisamente en el campo de la alta tecnología donde el socialismo expresa mejor sus ventajas económicas. El socialismo debe ser una consecuencia del desarrollo de las fuerzas productivas, como predijo Marx.
Porque el contexto económico y social descrito en los párrafos precedentes contiene complejidades y “efectos de red” que se resisten a cualquier análisis simplista y a interpretaciones mecánicas de las relaciones causa-efecto. Por el contrario, demanda capacidad de evaluación objetiva de los procesos, definición operacional de sus componentes principales, captura y análisis de datos, estudio de las experiencias precedentes, formulación creativa y evaluación rigurosa de las hipótesis, y capacidad de comunicar ampliamente todo esto. La práctica de la investigación científica implica décadas de entrenamiento en esa manera de pensar.
Porque estamos apurados. Los procesos económicos, políticos, sociales y culturales en el mundo ocurren a velocidades objetivas que no están bajo nuestro control. Parte de esos procesos son positivos y entrañan oportunidades para el proyecto social de los cubanos. Otros procesos no lo son, y entrañan riesgos. Cuáles velocidades predominarán, es algo que no sabemos. Pero en momentos de incertidumbres y riesgos, la ética toma el mando de la conducta, y ella nos lleva, a los revolucionarios cubanos (de los que los científicos somos parte), a participar en grande en las batallas económicas.
La economía cubana está en un momento de
intensa creatividad. En ciertos aspectos recuerda la década intensa y
maravillosa de los años 60s. Por supuesto que este momento contiene aciertos y
contiene también errores, pero el mayor error de todos sería la falta de
creatividad para diseñar lo que hay que hacer, y la falta de audacia para
hacerlo. Hay mucho que hacer y hay que hacerlo rápido; y al mismo tiempo hay
que seguir construyendo el contexto jurídico y la institucionalidad para
hacerlo aún más rápido y mejor.
Hay que participar también con modestia,
pues con frecuencia el pensamiento de
los científicos se equivoca por falta de
información y datos sobre el tema concreto del que se opina, y puede fallar
también por la costumbre del “reduccionismo” (buscar siempre causas y
soluciones, pocas y simples, para problemas complejos) que es tan habitual en
las ciencias naturales. Serán necesarias las ideas provenientes de muchos
campos de la inteligencia humana, no solamente de las ciencias naturales. Pero
también de las ciencias naturales. Ningún enfoque será “el bueno”. Serán aproximaciones
contradictorias y complementarias, y nos llevarán a encontrar las entrañas
creadoras de las contradicciones de hoy.
Pero siempre hay que participar. “Modestia”
no significa inacción, y mucho menos indiferencia. Hay que seguir haciendo
buena ciencia con seriedad y consagración, en los temas específicos de cada
cual, pero también hay que entender las batallas del país, incluida la batalla
económica, alinear con ellas las capacidades científicas, llevar los resultados
hasta su impacto final en la sociedad, conectar la ciencia con las empresas,
fundar empresas nuevas cuando sea necesario, polemizar, y asumir riesgos cuando
haga falta.
“La
indiferencia es el peso muerto de la Historia”, escribió Antonio Gramsci en
1917. Los científicos cubanos no han sido nunca indiferentes. Mucho menos
ahora.
Agustín Lage Dávila
El comentario que envié al blog la semana pasada se titulaba “PORQUÉ LA BIOTECNOLOGÍA NO DEBE SER EXCEPCIÓN”.
Intentaba subrayar la idea de que el despegue
de la industria biotecnológica en Cuba en los años 80s contiene un componente
de “innovación gerencial” que es tan importante, incluso más importante, que el
componente de innovación en las investigaciones biológicas propiamente dichas.
Y el énfasis en la innovación gerencial es necesario, porque es lo que hace que
la experiencia de la biotecnología sea replicable en otros sectores de
tecnologías diferentes.
La construcción de las organizaciones es el proceso crítico. Los productos innovadores no crean las organizaciones innovadoras: son su consecuencia.
Entre los muchos comentarios que recibí hubo
uno que proviene de un compañero que respeto especialmente, por la profundidad
de su pensamiento profesional y por la solidez de su compromiso con Cuba y con la
Revolución. Se trata del Dr. Carlos Rodríguez Castellanos, profesor de Física y
actual Vice-Presidente de la Academia de Ciencias de Cuba, y a quien conozco
desde hace décadas.
Carlos hizo una crítica al blog anterior
consistente en identificar que el análisis era sesgado, pues no trataba con
suficiente relevancia el proceso de formación y selección de capital
humano, ni la atención cercana y permanente a las organizaciones nacientes, sin lo cual cualquier innovación gerencial hubiese estado destinada al
fracaso.
Más que comentar sobre el comentario, le sugerí
que escribiese esa opinión para ponerla en el mismo sitio.
Verán que este análisis es imprescindible.
También fue parte esencial de la experiencia fundacional del sector de la biotecnología, el esfuerzo previo de formación de capital humano, y el proceso simultáneo de
selección de cuadros, donde quiera que estén. Las experiencias positivas lo son por lo que
tienen de “replicables”. De lo contrario serían solamente excepciones u objetos
de museo.
Agustín Lage Dávila
Centro de Inmunología
Molecular.
Los éxitos del programa de la Biotecnología y la Industria Médico
Farmacéutica cubanas, que tanto nos enorgullecen, han dependido de muchos
factores. Este excelente artículo (se refiere al blog anterior, del 9 de Mayo) enfatiza las transformaciones institucionales y la gestión
diferenciada del programa, buscando claves para aprovechar esta experiencia
positiva en las condiciones actuales. Se enfatiza que no se trató sólo de
reunir científicos brillantes y asignarles financiamiento. Esto es muy
importante, pero sería también un error desconocer la importancia de los
recursos humanos y financieros asignados a esta tarea. El punto de partida
fueron grupos de excelencia radicados en el CNIC, el INOR y otras
instituciones. De excelencia no sólo por la formación científica y los
resultados ya obtenidos, por su posicionamiento científico internacional y las
oportunidades que se avizoraban en su campo de trabajo, sino por la dedicación
y el compromiso revolucionario de los integrantes. En la medida en que se
fueron creando los nuevos centros, estos grupos se complementaron con otros
cuadros de experiencia, procedentes de las universidades y de otras
instituciones, y por cientos, luego miles (recordemos la Reserva Científica),
de graduados universitarios de muchas carreras, unos y otros adecuadamente
seleccionados de acuerdo a sus resultados académicos, integralidad, y
disposición a la consagración, motivados por las excelentes condiciones de
trabajo que se crearon y el reconocimiento social a su labor. Por mi edad, soy testigo (externo) de que se
concentraron en el Polo muchos de los mejores compañeros de mi generación, los
cuales, a su vez, continuaron la formación de miles de nuevos jóvenes,
seleccionados entre los mejores graduados de nuestras universidades, en un
ambiente de elevado nivel científico, rigor, consagración y compromiso. Esto, a
mi modo de ver, ha jugado y juega un papel central. Al final, es un asunto
también de gestión diferenciada: seleccionar los colectivos adecuados para
iniciar un programa y continuar con su formación y crecimiento con altos
estándares académicos, económicos y
revolucionarios.
La
construcción de un nuevo sector económico de alta tecnología requiere una
multiplicidad de acciones de todo tipo: hace falta mucha “energía libre”. Una
parte proviene de las personas que participan, de su propia inteligencia,
creatividad, motivación, consagración y compromiso. Otra tiene que salir de
fuentes externas. Los recursos externos disponibles, tanto humanos como
materiales, son siempre escasos y sólo se pueden concentrar en algunos pocos
programas. Sin embargo, sabemos que muchos de ellos se despilfarran o no se
utilizan de forma óptima, que hay reservas. Es necesario identificar bien las
oportunidades, establecer prioridades y ser consecuentes con ellas,
concentrando recursos y estableciendo las reglas adecuadas. Las experiencias
previas son importantes referentes, pero cada nuevo programa necesita sus propias
reglas que hay que construir sobre la marcha. No hay un “algoritmo” universal.
Fidel, tuvo la visión y supo conducir brillantemente el programa de la Biotecnología y la Industria Médico
Farmacéutica cubanas, seguido por una pléyade de jóvenes científicos y cuadros,
y por todo el pueblo que los apoyó, con no pocos sacrificios. Le corresponde a
las nuevas generaciones continuar y extender su labor basándose en las
experiencias previas, pero sobre todo, en el ejemplo.
Carlos Rodríguez Castellanos.
VicePresidente
de la Academia de Ciencias de Cuba
En los días cercanos al éxito de las vacunas cubanas en el control de la COVID 19, y al reconocimiento que recibimos todos los trabajadores de BIOCUBAFARMA al ser escogidos para abrir el desfile del 1º de Mayo, se discutió mucho, y en muchos escenarios, sobre el rol de la ciencia en el proyecto social socialista cubano, y en especial en la economía.
La mayoría de esos comentarios, en los medios,
en las reuniones y en la calle, han sido elogiosos sobre lo que han hecho y
hacen los científicos y las instituciones científicas cubanas, y en especial
las de BIOCUBAFARMA.
Generan en nosotros agradecimiento y
compromiso. Y decimos con humildad, como dice una vieja canción de Carlos
Puebla: “...soy del pueblo, pueblo soy,,
y a donde me lleve el pueblo, voy…”.
Hay que reconocer que esa visión que tiene el
pueblo y su Gobierno sobre la biotecnología cubana mueve también el pequeño
componente de vanidad que, como seres humanos, todos tenemos.
Pero esa visión contiene también su porcentaje
de error, pues si vemos el desarrollo de la biotecnología cubana como una
experiencia puramente científica dependiente de científicos brillantes y
dedicados, nos equivocamos y nos perdemos la parte más interesante de la
historia, porque el despegue del sector biotecnología en Cuba no es
esencialmente una experiencia científica: es una experiencia de conexión de la
ciencia con la producción y con la economía, y eso es algo muy diferente.
Cuando surgió en Cuba el sector de la biotecnología en los años 80, bajo la conducción muy directa y sistemática de Fidel, es cierto que se partió de grupos científicos pre-existentes mayoritariamente en el sector presupuestado, pero esos grupos se transformaron y la transformación consistió esencialmente en que:
1. Se crearon instituciones nuevas. Primero fueron unidades de tratamiento especial, y luego “empresas”.
2. Esas instituciones recibieron una atención directa de la máxima dirección del país. No se dejaron a merced de los mecanismos que estaban establecidos desde antes para atención a las empresas.
3. Se asignó un financiamiento diferenciado, protegiendo así a las nuevas instituciones en la inevitable fase de ensayo y maduración.
4. Las instituciones surgieron con el concepto de “ciclo completo”, es decir, con capacidades de investigación científica, capacidades de producción, y de comercialización de sus productos, en la misma organización.
5. La mayoría de las nuevas instituciones, incluso antes de ser formalmente empresas, recibieron atribuciones (y obligaciones) de exportación directa, cada una con su entidad comercial.
6. Las atribuciones de negociación internacional incluyeron la “negociación de intangibles”, es decir, negociar licencias sobre proyectos que todavía no habían no habían generado productos tangibles comercializables.
7. Se mantuvo, a pesar de las restricciones financieras, un importante nivel de inversión en Investigación-Desarrollo, discutido caso a caso y año por año.
8. Se promovieron conexiones científicas internacionales, incluyendo despliegue de empresas mixtas en el exterior.
9. Se seleccionaron cuidadosamente los cuadros a poner al frente de cada nueva organización: jóvenes, revolucionarios, dispuestos a la consagración al trabajo, comprometidos con Cuba y con el socialismo, y técnicamente competentes.
10. Muchos cuadros y especialistas fueron puestos en contacto con experiencias de desarrollo científico, tecnológico y empresarial en otros países.
Si
leen ustedes otra vez los puntos del 1 al 10 más arriba, verán que la palabra
“biotecnología” no se menciona ni una vez. Es que las innovaciones principales
fueron gerenciales.
Si
vemos los productos de la biotecnología cubana como frutos de de científicos
excepcionales (que los hay, los conozco
y los admiro), podríamos premiarlos, pero entonces la historia no sería replicable,
sino que sería excepción, casi que por definición.
Pero
si comprendemos que las innovaciones principales estuvieron en el campo de la
gestión empresarial, entonces estaríamos ante una historia repetible. Nada
impide que hagamos algo similar en la informática, la electrónica, las
nanotecnologías, los nuevos materiales, la producción y almacenamiento de
energía, la automatización, la robótica, la inteligencia artificial, el
procesamiento masivo de datos, la manufactura aditiva (impresión 3D), la producción
de alimentos y otros tantos campos de la economía del conocimiento, donde
necesitamos acciones de re-industrialización basadas en la ciencia, y
conectadas con la economía mundial.
El desarrollo económico implica producción industrial, y el socialismo
requiere desarrollo económico, pero no tenemos tiempo histórico para
reconstruir el camino de la industrialización tradicional. Hay que acceder
directamente a la economía basada en el conocimiento y a las tecnologías de la
industrialización avanzada (la llamada “cuarta revolución industrial”), y en un
país de nuestras dimensiones, eso significa también una economía insertada en
la economía mundial, por canales múltiples y distribuidos.
En el sector de la biotecnología se logró, y se hizo rápido; pero el valor
de esa experiencia no depende solamente de que siga siendo exitosa, ni siquiera
de que crezca más en sus exportaciones, sino fundamentalmente de que sea
reproducible en otros sectores de nuestra economía.
La construcción de conocimiento (eso es lo que hacen los científicos) es
esencial, pero también lo es la conexión del conocimiento con los sistemas
productivos, y los científicos tenemos que asumir esa tarea también. No solo
como “asesores”, sino también como participantes. De nuestro sistema de ciencia,
tecnología e innovación tendrán que emerger empresas nuevas. Nuestros
científicos y nuestros empresarios tendrán que crearlas juntos.
José Martí ya nos había dicho esto desde el siglo XIX: “La razón, si quiere guiar,
tiene que entrar en la caballería”.
Agustín Lage Dávila
Centro de Inmunología Molecular
Este 1º de Mayo del 2022, se volvieron a llenar las plazas
de trabajadores, celebrando SU día,
en SU país y defendiendo SU proyecto de sociedad socialista.
Fue una expresión de consenso, colectivo, masivo y libre.
Como lo fue también en el 2019 la votación popular de la Constitución de la
República (84.4%). Nadie obligó a nadie a asistir a los actos del 1º de Mayo,
como nadie obligó a nadie a votar aprobando la Constitución.
Cualquier análisis serio de la situación política en Cuba
tiene que partir de esa realidad. Hay un consenso sobre el proyecto social
socialista.
En palabras de José Martí, “La
unidad de pensamiento, que de ningún modo quiere decir la servidumbre de la
opinión, es sin duda condición indispensable del éxito de todo programa
político..”
Y tenemos esa unidad en torno al programa político de la
Revolución. Es una unidad de pensamiento sobre las esencias del programa
político: Soberanía nacional, justicia social, propiedad socialista del todo el
pueblo sobre los recursos de la economía, derecho al trabajo, a la salud, a la
educación y a la cultura.
Luego tenemos también, y bienvenidas sean, las
discrepancias de opinión sobre los medios concretos para alcanzar la sociedad
que queremos, y sobre si, aquí o allá, por este cuadro o por el otro, lo
estamos haciendo bien, regular o mal. O sobre si una u otra decisión concreta
contiene más peligros que oportunidades, o viceversa. O sobre si marchamos a
buen ritmo, teniendo en cuenta las limitaciones del contexto económico mundial
(que son realidades imposibles de no ver) o si nos dejamos atrapar por las inercias
institucionales propias de la racionalidad burocrática.
Eso es otra cosa. Pero la unidad de pensamiento sobre los
objetivos del proyecto social no se puede tocar, ni se puede permitir que nadie
intente tocarla.
Siempre hemos tenido en nuestra Historia esa disyuntiva
entre unidad y discrepancias. Y siempre ha tenido el Pueblo, y sus grandes
líderes, la sabiduría para identificar donde termina la discrepancia sana e
inevitable, y donde empieza el cuestionamiento de lo esencial. Es una línea
divisoria que no se nos puede desdibujar.
Discrepancias tuvo Ignacio Agramonte con Carlos Manuel de
Céspedes, pero el día en que oyó las censuras que hacían del gobierno
revolucionario sus oficiales, reaccionó duramente diciendo: “Nunca permitiré que se murmure en mi
presencia del Presidente de la República”. Ahí estaba la línea roja que no
se podía permitir que fuese traspasada.
El consenso sobre lo esencial es una construcción colectiva
de décadas, sino de siglos, y es muy difícil de lograr. Otros países no lo han
logrado sobre temas muy sensibles: No lo logran los Estados Unidos sobre su
problema racial; no lo logran varios países europeos sobre el problema de las
nacionalidades y el de la inmigración; y habría muchos otros ejemplos que
estudiar. No se trata de que los dirigentes en un momento dado tomen buenas o
malas decisiones, o que se dicten buenas o malas leyes; el problema es cultural,
y se trata en esos casos de que no tienen consenso colectivo sobre lo que hay
que lograr.
Nosotros en Cuba, sí que tenemos ese consenso, sobre los
propósitos esenciales del proyecto de convivencia; y ese consenso, construido
por décadas o siglos de pensamiento y luchas, es un tesoro, y como tal hay que
cuidarlo y trasmitirlo intacto a las futuras generaciones de cubanos.
Lo necesitamos como el aire y el agua, para que Cuba siga
siendo Cuba, y los cubanos orgullosos de serlo. Y por eso mismo es que nuestros
adversarios de siempre atacan con prioridad ese consenso social, e intentan
fragmentarlo, porque saben que es la base de todo: la base para poder avanzar,
para poder trabajar, y hasta para poder discrepar.
La hostilidad contra el proyecto socialista en los medios
de comunicación, especialmente en las redes “anti-sociales” es implacable. Lo
sabemos. Y los revolucionarios tenemos que aprender a “tomar las redes”, como
mismo tomamos las calles y las plazas.
En este 1º de Mayo, el contraste entre la basura
anticubana, hostil y mediocre, que circula en las redes; y la expresión tangible y culta de unidad de
los trabajadores en las plazas revolucionarias, nos hizo recordar el concepto
que expuso José Martí al escribir sobre la fundación del Partido Revolucionario
Cubano en abril de 1892: “Lo que un grupo ambiciona, cae; perdura lo
que un pueblo quiere”.
Ayer Primero de Mayo, 130 años después, el Pueblo Cubano
habló, y dijo una vez más en las plazas de Cuba, alto y claro, lo que quiere.
Y perdurará.
Agustín Lage Dávila
Centro de Inmunología Molecular
Saldrá publicado este comentario a varios días de la
celebración del Día Internacional de los Trabajadores, en este 1º de Mayo del
2022. Han pasado 136 años desde aquel sábado de 1886 en que 200 000 trabajadores
en Chicago fueron a la huelga en reclamo de la jornada de 8 horas; y siempre
cada celebración de este día hace pensar.
Ya no era esa huelga, como en la historia precedente, una
batalla por la soberanía de un estado-nación. Esta era una batalla por la
justicia social.
En Cuba, muchos años después estamos dando la misma
batalla. Pero la damos desde una Revolución en el poder, y se lucha por no
perder la justicia social conquistada, y por conquistar más.
El riesgo de perderla viene de las dificultades económicas,
y viene también de las posibles soluciones equivocadas a esas mismas
dificultades.
Los trabajadores, los de 1886 y los de ahora, siempre han
sabido (hemos sabido) que las verdaderas soluciones a los problemas económicos
y sociales, son soluciones colectivas. Todos los que desfilaremos por las
plazas este 1º de Mayo sabemos eso. Lo podremos explicar mejor o peor, según
las capacidades expresivas de cada cual, pero todos lo sabemos. El camino de
las soluciones individualistas (al que preocupantemente muchos miran) es el
camino de la no-solución, de la expansión y perpetuación de las desigualdades
sociales.
Por eso, sean cuales sean las soluciones que creativamente
diseñemos, no podemos renunciar al objetivo de tener una economía con capacidad
para redistribuir permanentemente la riqueza, e impedir la expansión de
desigualdades. Y eso se llama Socialismo.
Por eso también, sea cual sea el paisaje de diversidad de
actores económicos que (correctamente o casi) construyamos, y en el que caben
muchos y diversos, el combatiente principal de la batalla tiene que ser la
Empresa Estatal Socialista (incluida la Pequeña y Mediana Empresa Estatal).
No podemos analizar este tema con la superficialidad
reduccionista de la tecnocracia económica, porque el problema tiene profundas
raíces culturales. Enfrentamos un desafío económico, pero también, y diría que
principalmente, un desafío cultural.
El régimen fiscal de impuestos, el régimen de propiedad, la
política salarial y el sistema de protección social que una sociedad construye
reflejan la parte del fruto del trabajo que los hombres están dispuestos a
compartir con otros hombres. Compartir más allá de su retribución individual,
más allá de su familia, más allá incluso de su pequeño colectivo laboral. Y esa
voluntad de repartición es una construcción cultural.
Hay factores culturales y de valores que determinan que
funcionen o no las estrategias económicas. Ellos determinarán si, en el proceso
de transformaciones de la economía para adecuarla a las nuevas realidades
tecnológicas, saldrán vencedoras la descentralización eficiente y la iniciativa
emprendedora, o vencerán el egoísmo y la corrupción.
Igualmente importante entre los determinantes culturales de
las estrategias económicas es la capacidad de todos para comprender las
consecuencias distales de cada decisión del
momento. Esa visión distal en cada uno de nosotros determina también las
actitudes que tomamos ante los problemas y las opciones de hoy. Hay que saber
posicionarse, ante cada opción, no solamente en función de sus consecuencias
para el día de hoy, sino también de sus efectos para la sociedad en plazos más
distantes, y de los riesgos de irreversibilidades, si nuestra cultura nos
permite verlos. Quien no logre verlos, lamentablemente quedará como rehén de
los vientos de ideas de cada momento. Conocemos de otras sociedades que han
cometido ese error colectivo, y conocemos también lo que pasó después.
Al preguntarnos si los valores de la cultura cubana
conducen o no a querer una sociedad equitativa y solidaria, nos respondemos,
basados en nuestra historia, enfáticamente que SI, que es eso lo que quiere el pueblo cubano.
A esa sociedad equitativa y solidaria no podemos pretender
llegar solamente con una buena política de impuestos, la cual es imprescindible,
pero no suficiente. Los recursos derivados de los impuestos sobre las ganancias
nunca han sido suficientes. Intentar sostener la justicia social solamente con
los impuestos nos llevaría a una contradicción insalvable: para colectar más
impuestos podríamos necesitar de un sector de la población que tenga mucha
ganancia, mucha más que otros, lo cual es lo contrario de lo que se quiere. Mantener en manos de la propiedad
socialista de todo el pueblo las palancas de la economía y los canales de la
redistribución es la única garantía posible de la justicia social.
Este razonamiento vale para cualquier sector de la
economía, pero especialmente vale para la economía de mayor contenido
tecnológico, basada en la gestión del conocimiento, porque ese conocimiento surgió
de la inversión social en educación y ciencia, que proviene a su vez de la
riqueza colectiva de todos los cubanos.
Eso (y más) es lo que vamos a decir los científicos y
tecnólogos al participar en las marchas del 1º de mayo, como parte de la clase
trabajadora que somos.
Conciliar los objetivos de eficiencia económica con los de
justicia distributiva es la tarea estratégica principal. Ello incluye la
justicia distributiva entre los trabajadores del sector no estatal y el
estatal; y también la justicia distributiva entre los trabajadores de
diferentes empresas y sectores dentro de la propiedad estatal. La expansión de
desigualdades más allá de determinado umbral (culturalmente determinado) no
genera más motivación al trabajo, sino menos. Las desigualdades sociales, todas
ellas, engendran distorsiones de la conducta y fragmentación de la conciencia
social.
De que conduzcamos bien este delicado balance entre equidad
y estimulación económica, depende la motivación alcanzable para la iniciativa
emprendedora y para el trabajo. Iniciativa emprendedora que, en las nuevas
realidades tecnológicas mundiales, tiene que ser una iniciativa distribuida en
toda la economía, y en todas las formas de propiedad. La fórmula socialista “a cada cual según su trabajo”, infinitamente
más justa que la del capitalismo, contiene sin embargo su cuota de injusticia,
porque los hombres no están todos en igual posibilidad de ser productivos en
cada momento concreto.
En Cuba la distribución a los ciudadanos de los beneficios
de la educación y la salud (entre otros) no sigue una fórmula socialista. Va
más allá de eso y sigue una fórmula comunista: “a cada cual según sus necesidades”. Y nuestra cultura, muy
mayoritariamente, abraza ese ideal.
Los retos de la construcción del Socialismo siempre han
estado en las relaciones entre la economía, la ciencia y la cultura.
Conocemos, sin ingenuidades, las enormes complejidades de
la tarea, pero estamos convencidos de que lo podemos lograr, porque confiamos
en los valores del ser humano. También sabemos, igualmente sin ingenuidades,
que hay muchos que no confían en esos valores, o peor aún, que dejaron de
confiar, doblándose ante el peso de las dificultades materiales o atraídos por
las soluciones individuales, aquí o afuera. Allá ellos con sus amarguras
intelectuales.
Nosotros los trabajadores, los de la producción y los de la
ciencia, vamos a seguir luchando por los objetivos simultáneos e
interdependientes de justicia social,
soberanía nacional, socialismo y prosperidad. José de la Luz y Caballero
definió la justicia como “el sol del
mundo moral”. Y no vamos a pelear a la sombra.
Agustín Lage Dávila
Centro de Inmunología Molecular
La formación profesional de cada uno de nosotros influye inevitablemente en la manera en que apreciamos la realidad y definimos prioridad...