lunes, 14 de marzo de 2022

LA INDUSTRIA 4.0 Y EL SOCIALISMO

 El término “Industria 4.0” se empezó a utilizar en Alemania en el año 2011. También se utilizan las expresiones equivalentes de “Cuarta Revolución Industrial” o “Industria Inteligente” o “Fabricación Avanzada”, u otras que capturan la idea de la aparición y expansión reciente de nuevas tecnologías que deben producir cambios profundos  en el mundo industrial. Se trata de tecnologías “habilitantes” (tecnologías que generan otras tecnologías) tales como la inteligencia artificial, el procesamiento de grandes masas de datos (“big-data”), la conexión de maquinarias industriales a Internet a través de sensores (Internet de las cosas), la robótica, la manufactura aditiva (impresión por capas en tres dimensiones), la computación “en la nube” (para el acceso remoto a datos y software),  las nano-tecnologías, los nuevos materiales, la “energía inteligente”, la biología sintética y otras, que tienen en común el uso intensivo de la informática y las telecomunicaciones en los procesos industriales.

 Se le llama a todo esto “Cuarta Revolución Industrial” para distinguirla de la primera que fue impulsada en el siglo XVIII por la máquina de vapor y la mecanización; de la segunda, guiada desde finales del siglo XIX  por el uso de la energía eléctrica y los combustibles fósiles; y de la tercera, en la segunda mitad del siglo XX, que involucró la electrónica y las tecnologías de la información y las comunicaciones.

 Hay mucha literatura disponible sobre el tema y la descripción de estas tecnologías no es el propósito de esta nota. La idea central aquí es llamar la atención sobre las implicaciones económicas y sociales de estas nuevas tecnologías, es decir, su conexión con la “economía política”, para emplear un término clásico.

 Marx, Engels y Lenin vivieron entre la primera y la segunda revoluciones industriales. No conocieron la tercera, y mucho menos la cuarta.  Pero si vieron las conexiones entre los cambios tecnológicos (las fuerzas productivas) y las relaciones entre los hombres para la producción; y la importancia de vincular las luchas por una sociedad más justa con los esfuerzos de desarrollo tecnológico, y de actuar revolucionariamente en ambas direcciones.

 Así, cuando Lenin propuso en 1920 el plan de electrificación de Rusia (la segunda revolución industrial) dijo: “El comunismo es el poder soviético más la electrificación de todo el país, ya que la industria no puede desarrollarse sin electrificación”.  Y  lo lograron: en 1932 la generación de energía eléctrica en Rusia había aumentado 700% con relación a 1912.

 Pero después, en el momento en que maduraba la automatización de la producción en los años 60s (con la tercera revolución industrial) no lo lograron. En una carta que escribe Che Guevara a Fidel en 1965, después de una visita a la URSS, le dice: “La técnica ha quedado relativamente estancada en la mayoría de los sectores de la economía soviética…En la Academia de Ciencias de ese país hay centenares, tal vez miles, de proyectos de automatización que no pueden ser puestos en práctica porque los directores de las fábricas no se pueden permitir el lujo de que su plan se caiga durante un año; y como es un problema de cumplimiento del plan, si le hacen una fábrica automatizada le exigirán una producción mayor. Entonces no le interesa fundamentalmente el aumento de la productividad”

 Es algo muy peligroso para las revoluciones sociales quedar desconectadas de los cambios tecnológicos de cada época. Cada nueva revolución industrial ha traído grandes incrementos de la productividad del trabajo, y en el momento actual, ya en marcha la cuarta revolución industrial, se estima que solamente el uso de la inteligencia artificial aumentará la productividad en un 40% y que en los próximos años más del 80% de las empresas en los países industrializados usarán alguna forma de inteligencia artificial.

 Pero no todo son bondades técnicas. En el capitalismo cada nueva revolución tecnológica  ha tenido como consecuencia un aumento de las desigualdades sociales, dentro de los países, y especialmente entre países (hoy se estima que el país de nacimiento explica más del 70% de las desigualdades en los ingresos de las personas). Así ha sucedido en las tres revoluciones industriales precedentes y puede suceder otra vez en la cuarta. Según un estudio de la UNCTAD, el 91% de las patentes sobre las tecnologías de la cuarta revolución industrial se concentran en 10 países, y el 63% de esas pertenecen a Estados Unidos y China. Se anuncia que la inteligencia artificial podría remplazar hasta el 50% de los  puestos de trabajo, y que la automatización de los procesos de fabricación podría anular las escasas ventajas competitivas de los países del sur, e inducir un repliegue de las industrias hacia los países ricos.

 Las brechas entre los países más desarrollados y los que van quedando detrás aumentan cada año. La economía de mercado y la propiedad capitalista no van a resolver este problema, que ellas mismas han creado. Ese problema lo tiene que resolver el socialismo.

 Y puede. Puede en primer lugar impedir que la brecha económica entre ricos y pobres se transforme en brecha educacional. Actualmente en los países de ingresos altos y medios, el 90% de la población de los grupos etarios relevantes está enrolado en la educación media, pero esta cifra  es solamente de 41% para los países de bajos ingresos.

 En Cuba ya asumimos hace décadas esa tarea educacional, y exitosamente. Es un excelente punto de partida, que nos permite continuar hacia la capacitación masiva de la fuerza de trabajo en las tecnologías de la cuarta revolución industrial, empezando por el dominio de la transformación digital. Y continuar también hacia el desarrollo de sectores industriales basados en las tecnologías avanzadas.

 Lograr ese objetivo puede parecerle a algunos algo distante (…no es “lo concreto” de ahora….), futurista, soñador, incluso utópico, pero sucede que ya lo hicimos una vez y también con éxito en el sector de la biotecnología.

 En 1981 cuando Fidel creó el Frente Biológico, antecesor del Polo Científico (1992) y de BioCubaFarma (2012) no había todavía en el mundo ningún fármaco registrado proveniente de las tecnologías de ADN recombinante (el primero fue en 1982), y cuando inauguró el Centro de Inmunología Molecular (1994) para la producción de anticuerpos monoclonales de uso en el tratamiento del cáncer, tampoco había ninguno en el mercado mundial (el primero fue en 1997).

La industria de fármacos y vacunas biotecnológicos podría  también haberle parecido a algunos (de hecho los hubo) algo distante, tan distante como podría verse hoy la robótica industrial y la inteligencia artificial.

 Pero hubo la audacia de entrar en la biotecnología precozmente y ello se hizo desde la empresa estatal socialista. Es una historia a estudiar, no para alimentar vanidades ni triunfalismos acomodaticios, sino para extraer lecciones útiles para las tareas de hoy. Una de esas lecciones es que estos procesos de desarrollo de tecnologías avanzadas en el socialismo no se pueden dejar a la espontaneidad ni a los mecanismos ciegos del mercado: hay que conducirlos conscientemente.

 El desarrollo social y económico tiene leyes objetivas (como descubrió Carlos Marx) pero las leyes del desarrollo social no son como las leyes de la naturaleza. La ley de la gravedad seguirá funcionando, independientemente de lo que pensemos sobre ella; pero las leyes que conducen al desarrollo social socialista funcionarán si las hacemos funcionar. Requieren intervención humana y conciencia social.

 Podríamos los cubanos hace 60 años haber supuesto que, una vez expropiados revolucionariamente los explotadores, y retenidos en manos del pueblo los ingresos de la economía, y empleados para garantizar justicia y educación, de ahí surgiría espontáneamente la creatividad tecnológica y el emprendimiento que transformaran la producción. Si ese hubiese sido el escenario, los revolucionarios cubanos nos hubiésemos quedado confortablemente instalados en la administración bien regulada de los activos expropiados a la burguesía, y buscando una economía que sería quizás eficiente para controlar costos y distribuir dividendos, pero ineficaz para engendrar desarrollo.

 Pero en el sector de la biotecnología (que no es el único, pero es el que el autor de esta nota conoce algo); eso no fue lo que se hizo; sino que se estimuló y guio el surgimiento de una institucionalidad (incluyendo empresas nuevas) para la conexión de la ciencia con la economía, y se condujo de cerca el desarrollo de las instituciones. Y esa historia  comenzó a repetirse en otros campos, con la inauguración de la Universidad de las Ciencias Informáticas en el año 2002, y del Centro de Estudios Avanzados (nano-tecnologías) en el 2019.

 Y tenemos las bases para comenzar otra vez en otras tecnologías de la cuarta revolución industrial. La primera exploración que se hizo en el contexto de los Macroprogramas para el Plan de Desarrollo al 2030  identificó más de 50 grupos trabajando en estas tecnologías. Es un excelente punto de partida; pero muchos de estos grupos están todavía en el sector presupuestado (universidades, centros científicos) y tenemos pendiente la tarea de conectarlos mejor con el sector empresarial, y hacer que surjan de ahí nuevas empresas.

Las formas concretas de gestión cambian, pero el protagonismo de las empresas estatales socialistas no debe cambiar. En el contexto empresarial cubano tenemos hoy más herramientas que las que teníamos en los años 80s. Podemos apoyarnos en las Empresas de Alta Tecnología, las estructuras de interfaz de nuestro Sistema de Ciencia, Tecnología e Innovación, las Universidades, los Parques Tecnológicos, y las Pequeñas y Medianas Empresas estatales de base tecnológica. Estas últimas todavía no se ven surgir con la dinámica necesaria pero hay que hacerlas surgir.

Crear un contexto jurídico facilitador es condición necesaria (y se está haciendo), pero no es condición suficiente. Nuevas empresas tendrán que surgir, tecnológicamente diversas, y cada una tendrá que diseñar su camino hacia la rentabilidad, los encadenamientos productivos, y la inserción internacional, ya que es fundamentalmente en el sector externo donde puede estar la demanda para nuestros productos de tecnologías avanzadas.

 Y así como Lenin dijo empezando el siglo XX que “El comunismo es el poder soviético más la electrificación de todo el país...”, nosotros los cubanos pudiéramos decir, empezando el siglo XXI, que el socialismo es el Poder Popular más las tecnologías de la Cuarta Revolución Industrial. 

 Aquí y ahora.


Agustín Lage Dávila

Centro de Inmunología Molecular

 

lunes, 7 de marzo de 2022

LOS DESAFÍOS DE LA INSERCIÓN INTERNACIONAL

 

Una vez más hay que empezar insistiendo en que este es un tema que nos concierne a todos y por eso merece espacio en una publicación dirigida a muchos.

 Un tema como muchos otros que son aparentemente temas técnicos de la economía destinados a especialistas, pero eso es solo “en apariencia”, pues todos esos temas tienen raíces ideológicas y culturales que son, en última instancia,  las que determinan en cada momento el espacio de lo posible.

 Yanis Varoufakis, ex-ministro de finanzas de Grecia, hablando de la crisis económica en su propio  país, dijo que “…la economía no es una ciencia. En el mejor de los casos, es una especie de ideología con ecuaciones”. Una expresión quizás algo exagerada pero que contiene elementos de realidad. En todo caso, la experiencia histórica indica que las ideas y actitudes prevalecientes en temas económicos tienen, para bien o para mal, conexiones con la ideología y la cultura en cada momento y en cada lugar. Por eso es un “tema de todos”.

 Al leer el título de este comentario quizás muchos se  hayan preguntado si este es el momento para hablar de “inserción internacional de la economía”. Aparentemente, pero de nuevo solo aparentemente, no habría un momento peor que este: el bloqueo de los Estados Unidos contra Cuba reforzado hasta la esquizofrenia, el impacto de la COVID en la economía mundial, con sus secuelas de contracción del  turismo, el comercio y la inversión, y para colmo en estos días, la guerra en Ucrania que profundiza fracturas en la colaboración internacional.

 Y sin embargo, en Cuba, es el momento en que más necesitamos discutir, y hacer, sobre la inserción internacional de la economía.

 El tema central que discutimos aquí todos los días, el de la eficiencia de la Empresa Estatal Socialista, pasa por el despliegue y reforzamiento de las conexiones de ésta (de cada una de ellas) con la economía mundial.

 Y debemos conectarlas con la economía mundial de hoy, no con la de la década de los 70s, porque han ocurrido muchos y profundos cambios en las cinco décadas transcurridas desde que Cuba entró, en 1972, en el Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME, hoy desaparecido) de los países socialistas.

 Hay muchos cambios, pero dos de ellos muy relevantes para este tema: La globalización y las nuevas tecnologías.

 En las ultimas 5 décadas la fracción del PIB mundial que depende del comercio exterior pasó del 10% a casi el 40%, reduciendo el poder atractor de desarrollo de los mercados domésticos, especialmente para los países pequeños. La dinámica de cambios tecnológicos genera por una parte mayores escalas de producción y por otra una creciente diversificación de productos y servicios que abre nuevos espacios de mercado, precisamente para la inserción global.

 El cambio tecnológico y la globalización son dos procesos que se refuerzan mutuamente y este lazo de retroalimentación positiva  puede funcionar como espiral de desarrollo, pero también como mecanismo de exclusión. Como “circulo virtuoso” el avance tecnológico permite aumentar exportaciones cuyas ganancias permiten a su vez continuar el desarrollo tecnológico. Como “circulo vicioso” el retraso tecnológico limita las exportaciones, lo que reduce a su vez los recursos disponibles para el desarrollo. ¿En cuál dirección funciona esa espiral para nosotros?

 La diversificación de productos y servicios trae también como consecuencia inmediata un incremento en  la cantidad y diversidad de actores económicos, y de conexiones de esos actores entre ellos. Lo estamos viendo en el mundo y también en Cuba.

 Esa diversidad incluye las conexiones internacionales. En Europa se estima que las pequeñas y medianas empresas aportan ya entre el 20%  y el 40% de las exportaciones (en América Latina es solamente el 6%).

 En el contexto actual de globalización, cambio tecnológico y diversidad de actores, la buscada inserción de la economía cubana en la economía mundial tendrá que ser una “inserción distribuida”. No podrá haber solamente un pequeño grupo de canales de conexión a los que acceda un pequeño grupo de empresas productoras o comerciales grandes. Tendrán que multiplicarse y diversificarse los canales de inserción internacional.

 Inserción internacional no es solo comercio exterior. Es mucho más que eso. Incluye presencia de actores económicos cubanos en el exterior, empresas mixtas aquí y afuera, participación en encadenamientos productivos multinacionales, alianzas para el desarrollo de nuevos productos, en todas las fases de desarrollo, desde la investigación científica hasta la comercialización.

 Todo eso es tremendo desafío a nuestras capacidades organizacionales. Pero ya hemos pasado por ahí, y exitosamente. En el sector de la Biotecnología desde los difíciles años 90 se impulsó la inserción internacional:

 ·        Se le dio atribución de exportación e importación directa a las principales empresas (que no eran ni siquiera “empresas” en aquel momento).

 ·        Se negociaron alianzas con empresas de varios países.

 ·        Se hicieron negociaciones sobre “activos intangibles”, es decir transacciones que no implicaban al inicio una exportación material sino una capitalización de patentes y conocimientos tecnológicos.

 ·        Se desplegaron empresas cubanas en el exterior.

 ·        Se establecieron empresas mixtas en el exterior, valorizadas con tecnologías cubanas.

 ·        Se reforzó la conexión directa entre quien diseña el producto y lo fabrica (y por tanto lo conoce mejor), y quien lo negocia y exporta.

 Y todo ello se hizo en el difícil contexto del período especial, y se hizo de manera descentralizada a partir de empresas estatales socialistas, como eran y son hoy las empresas de BioCubaFarma.

 No estamos, ni remotamente, queriendo sugerir que haya en el sector  de la biotecnología trabajadores, especialistas y cuadros más competentes o más dedicados que en otros sectores. Sería una conclusión arrogante, muy poco ética, y además falsa, porque lo esencial del avance de este sector en su inserción internacional no está principalmente en los cuadros, sino en las tecnologías.

  La historia económica mundial muestra con claridad que las nuevas tecnologías demandan e inducen nuevas formas de organización y gestión en las empresas. La innovación tecnológica y la innovación organizacional son interdependientes, y las nuevas tecnologías generan nuevas  formas de organización y de negocios, y nuevos arreglos institucionales.  

 Lo que si podemos, y debemos reconocer es que hay en el contexto actual una necesidad urgente de despliegue de conexiones internacionales para nuestra economía socialista y que tenemos  determinadas experiencias concretas que pueden y deben extenderse a otros sectores, especialmente aquellos relacionados con las nuevas tecnologías de la 4ª Revolución Industrial, pero no solo esos; y que ese despliegue de conexiones internacionales será necesariamente un proceso distribuido, con participación de múltiples actores, grandes y pequeños, y admitiendo exploración (ensayo y error) de diversos esquemas de negociación.

 Y en esta tarea, como en otras, también tiene que ser la empresa estatal socialista (grande o pequeña) el “sujeto principal de la economía nacional”, como establece el Artículo 27 de nuestra Constitución.    

 Si estamos articulando un proceso de incremento y diversificación de conexiones, que necesariamente implicará influencias económicas y culturales en ambas direcciones, ¿Qué nos une, para que ese proceso no erosione, sino que fortalezca nuestra soberanía y nuestro proyecto social socialista? Nos une una historia que contiene muy fuertes vínculos entre soberanía nacional y justicia social, nos une una cultura de solidaridad humana enraizada en la gente, y nos une un consenso muy mayoritario en el proyecto social socialista, todo lo cual nos abre la oportunidad de asumir las ventajas posibles derivadas de la globalización y el cambio tecnológico, sin aceptar la expansión de desigualdades que viene con ellas. Podemos lograrlo, pero solamente partiendo de la soberanía nacional y del socialismo.

 Lograrlo no es primariamente un “reto técnico”, aunque contiene componentes técnicos y requiere mucho aprendizaje. Pero es ante todo un desafío ideológico y cultural. Y todos los procesos ideológicos y culturales son procesos de masas. Por eso todos tenemos que participar.

 ¿Cómo lo hacemos?  Pues entendiendo muy bien nuestros objetivos y su contexto, y generando ideas y propuestas, muchas ideas y muchas propuestas, cada cual en su empresa, cada trabajador, cada tecnólogo, cada directivo, y especialmente, cada militante revolucionario. Debe ser una estrategia económica del pueblo cubano.

 Y también es un componente de la visión de José Martí, quien escribió en 1881 : “Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”.

 Agustín Lage Dávila

Centro de Inmunología Molecular

 

lunes, 28 de febrero de 2022

LAS PEQUEÑAS EMPRESAS ESTATALES Y LAS TECNOLOGÍAS DE AVANZADA

 

Esta es una tarea de muchos. Por eso tiene sentido comentarla en una nota de amplia circulación. También necesita incentivar comentarios y nuevas ideas.

Desde la publicación en Gaceta del Decreto-Ley 46 en agosto del 2021 “Sobre las micro, pequeñas y medianas empresas” (MIPYMEs)”, que establece que estas pueden ser de propiedad estatal, privada o mixta, se han aprobado más de 1974 empresas (el conteo exacto cambia diariamente) pero de estas 1900 son privadas y solamente 47 estatales. ¿Cómo interpretar este desbalance? No es malo que hayan surgido muchas MIPYMEs en el sector privado, y nuestra economía se beneficiaría mucho si la mayoría de ellas logran rentabilidad y crecimiento pero ¿porqué tan pocas todavía en el sector estatal?

 Obviamente hay en este desbalance un componente coyuntural de actualización pues al Decreto-Ley se acogen actores económicos que existían previamente bajo otras formas (trabajo por cuenta propia, cooperativas etc) y que ahora regularizan su estatus, correctamente, como MIPYME.

 Pero también hay un componente de iniciativa empresarial el cual, escapando a la explicacion simplista de “economistas de cafeteria” (que tenemos muchos), sobre el “dinamismo intrínseco del sector privado”, podemos relacionar con un fenomeno más profundo que es el de la complejidad tecnológica. Volveremos sobre este argumento más adelante.

 El problema central aquí es que, si bien las MIPYMEs privadas pueden aportar soluciones (necesarias) al empleo y a imprescindibles servicios, y complementar encadenamientos productivos con el sector estatal, son las MIPYMEs Estatales las que tienen que dar respuesta a la transición hacia una economía de alta tecnología. Por eso necesitamos muchas más.

 El razonamiento es simple y es lógico, casi un algoritmo:

 ·        Somos un país pequeño, con una demanda interna pequeña, y en la era de la globalización, nuestro desarrollo depende de nuestra capacidad para insertar nuestra economía en la economía global.

 ·        La palanca para esa conexión no está obviamente en los recursos energéticos, que no tenemos, ni en otros recursos naturales, de los que tampoco tenemos mucho.

 ·        Entonces la palanca principal de nuestro desarrollo tiene que estar en la Ciencia, la Tecnología y la Innovación.

 ·        Las innovaciones tecnológicas disruptivas (las grandes innovaciones) suelen conectar con la economía a través de empresas nuevas y muchas veces pequeñas.

 ·        Y según nuestra Constitución (Artículo 27): "La empresa estatal socialista es el sujeto principal de la economía nacional".  

 ·        Entonces necesitaremos MIPYMEs de base tecnológica y estatales.

 Fidel caracterizó brillantemente nuestra realidad tecnológica desde 1993 cuando dijo: “La ciencia y las producciones de la ciencia, deben ocupar algún día el primer lugar de la economía nacional. Partiendo de los escasos recursos, sobre todo de los recursos energéticos que tenemos en nuestro país, tenemos que desarrollar las producciones de la inteligencia; y ese es nuestro lugar en el mundo, no habrá otro”

 La complejidad de ese desafío radica que lo que constituye “tecnología de avanzada” cambia con el tiempo, y rápidamente. Si bien identificábamos hace unas décadas a la computación, la informática y las telecomunicaciones como una “tercera revolución industrial” (identificando la máquina de vapor del siglo XVIII como la primera, y la electricidad y las cadenas de montaje en el siglo XX como la segunda),  hoy presenciamos una cuarta revolución industrial, que viene impulsada por tecnologías habilitantes tales como la automatización avanzada de la producción, la robótica, la inteligencia artificial, el análisis de macro-datos, la energía inteligente, la manufactura aditiva (impresión 3D), las nanotecnologías, los nuevos materiales, la biología sintética, y otras, que están llamadas a transformar el paisaje de la producción y los servicios.

 ¿Cómo hacemos para entrar rápidamente en ese mundo? Hemos logrado construir, con mucho esfuerzo y voluntad revolucionaria, el capital humano necesario pero, con la excepción de algunos sectores como la biotecnología y los equipos médicos, todavía no logramos conectar suficientemente ese capital humano con la producción y la economía.

 La experiencia histórica indica que las nuevas tecnologías suelen introducirse en los sistemas productivos a través de empresas nuevas, y frecuentemente pequeñas o medianas, que después crecen por selección adaptativa, según sus resultados y oportunidades. Nuestra propia experiencia en la biotecnología sugiere eso mismo: las principales empresas de BioCubaFarma, por sus innovaciones y sus exportaciones, son empresas que no existían en los años 70s. Se crearon nuevas, nacieron pequeñas y crecieron después,  fueron siempre, y siguen siendo, estatales, pero con un alto grado de autonomía operacional, incluyendo importaciones y exportaciones directas.

 El Centro de Investigaciones Biológicas, que  obtuvo el Interferón, se inauguró con 34 trabajadores. El Centro de Inmunoensayo, que diseñó e introdujo el sistema de diagnóstico SUMA, lo fundaron 21 trabajadores. Hoy hubiesen sido MIPYMEs estatales.

 Ahora con las tecnologías de la cuarta revolución industrial tenemos que repetir la historia. Y podemos. El Decreto de las MIPYMEs, que no teníamos en los años 80s, es una excelente herramienta para esa tarea. Permite crear nuevas empresas, con personalidad jurídica empresarial propia, y operacionalmente autónomas, de las cuales otras entidades estatales mayores sean los “dueños”, en representación del dueño mayor, que es el pueblo cubano.

 Ser el “dueño” no significa administrar la empresa día a día, sino supervisar las finanzas y las decisiones estratégicas de crecimiento; y dejar que la empresa, su equipo de dirección ejecutiva y sus trabajadores, tomen las decisiones operacionales. La MIPYME, aunque sea estatal, no es un departamento de la entidad mayor donde se origina: es una empresa nueva. Hay que entender y saber gestionar esa diferencia entre las funciones del “dueño” y las del director ejecutivo.

 El Decreto dice como se hace para crear una MIPYME, pero alguien tiene que tomar la iniciativa de decir “lo quiero hacer”. ¿De dónde tienen que surgir esas iniciativas? Si se trata de empresas de tecnología avanzada, estas tienen que surgir de las actuales empresas estatales, o grupos de empresas, o de grupos que hoy trabajan en esas tecnologías dentro universidades u otras instituciones científicas del sector presupuestado.

 Ya el Grupo Empresarial de la Electrónica (GELECT) dio el primer paso y ha propuesto varias MIPYMEs tecnológicas y estatales. Otros deben seguir.

 Es en la tecnología avanzada, con sus conexiones entre el sector empresarial y el sector presupuestado, su mayor capacidad de asumir riesgos, y su orientación al mediano plazo, donde la propiedad estatal tiene sus mejores ventajas sobre emprendimiento privado, también necesario pero mayormente orientado a la ganancia a corto plazo. De hecho es eso precisamente lo que previeron los fundadores de la teoría del socialismo: que sería el desarrollo de las fuerzas productivas lo que haría ineficiente la propiedad privada y las relaciones de mercado, y lo que finalmente impulsaría la superación del capitalismo y la transición al socialismo.

 Para ello tienen que surgir los emprendedores de las MIPYMEs estatales de tecnología avanzada, con visión, compromiso y coraje suficientes para abandonar la “zona de confort” de la rutina y de lo conocido, y adentrarse en el mundo sin mapas de la innovación y la alta tecnología. Tenemos grupos de tecnólogos y científicos, activos en tecnologías de la cuarta revolución industrial y con potencialidades para convertirse en MIPYMEs estatales de base tecnológica que todavía no “despiertan”, o prefieren que otro lo haga primero para “ver que pasa”.

 Fundar las nuevas empresas estatales socialistas de base tecnológica, es también demostrar que hay muchos cubanos del siglo XXI, preparados por la obra educacional de la Revolución, técnicamente competentes, y que no necesitan del enriquecimiento privado para encontrar motivaciones para el trabajo duro y la exploración de iniciativas riesgosas, tecnológicas y gerenciales. Las nuevas tecnologías avanzadas, vendrán de la mano con una nueva espiritualidad, también avanzada, y nuevas motivaciones, superiores a las que cultiva la economía de mercado.

 Será un camino complejo y difícil, con obstáculos, incertidumbres e incluso incomprensiones (también las hubo cuando surgió el Polo Científico), y lleno de tareas que no sabremos como hacer hasta que no las hagamos; pero podemos avanzar, armados con la ética de José Martí quien nos advirtió que: “Emplearse en lo estéril cuando se puede hacer lo útil; ocuparse en lo fácil cuando se tienen bríos para intentar lo difícil, es despojar de su dignidad al talento” . 

Agustín Lage Dávila

Centro de Inmunología Molecular

lunes, 21 de febrero de 2022

ECONOMÍA DE ALTA TECNOLOGÍA: ¿QUÉ PASARÍA SI NO LO LOGRAMOS?

 Estamos ya viviendo en el “futuro de hombres de ciencia” que avizoró Fidel desde 1960. Lo reconocen amigos y enemigos. El control de la COVID 19 con vacunas propias es la pieza más reciente de evidencia.

La centralidad de la ciencia, la tecnología y la innovación en el proyecto de desarrollo económico y social cubano se ratifica en la Constitución de la República aprobada en el 2019, y se subraya con la definición de la Ciencia y la Innovación como uno de los tres pilares de la gestión del Gobierno.

 Al segundo escalón de la visión de Fidel, el que enunció en 1993 cuando dijo “La ciencia y las producciones de la ciencia, deben ocupar algún día el primer lugar de la economía nacional… y ese es nuestro lugar en el mundo, no habrá otro”, a ese nivel de centralidad de la ciencia, no hemos llegado todavía.

  Llegar hasta ese nivel implica transitar a una economía productora y exportadora de bienes y servicios de alta tecnología, con capacidad de empleo productivo para una población de más edad y alta calificación. Una economía generadora de un valor agregado (productividad) tal que sustente los costos de un sector social grande (educación, salud, cultura, protección), al que nuestro pueblo aspira y tiene derecho. Son la antesala de la sociedad comunista, pues esos servicios se distribuyen “según las necesidades” de cada cual, no “según el trabajo” de cada cual.

 Aún nos falta mucho camino por andar. En el año en que se escribe esta nota, todavía la fracción de las exportaciones dentro del PIB, y la fracción de bienes y servicios dentro de las exportaciones, son bajas.

 Miles de científicos, tecnólogos e innovadores cubanos estamos comprometidos y empeñados en lograr el desarrollo económico y social basado en el conocimiento. La imagen de ese futuro es bella y movilizadora. Pero precisamente en el ánimo de mantener las fuerzas en tensión y seguir militando, como también dijo Fidel “en el bando de los impacientes” , es imprescindible que nos hagamos hoy la pregunta inversa, y analicemos lo que sucedería si no logramos ese objetivo de desarrollo basado en la ciencia y la innovación, o si nos quedamos cortos, o si somos lentos en el avance hacia ese objetivo. Esa pregunta inversa es la que estamos abordando en esta nota.

 Lo primero es entender que el desarrollo tecnológico no es socialmente neutral. La productividad se alcanza desde la tecnología, pero la justicia distributiva se alcanza desde la política. Y lo que la historia enseña es que, si bien cada sucesiva revolución industrial desde el siglo XVIII hasta hoy, ha multiplicado la productividad del trabajo, también al mismo tiempo ha ampliado las desigualdades.

 Aceptando el riesgo de la simplificación, el desarrollo tecnológico puede describirse en cuatro grandes olas llamadas “Revoluciones Industriales”. La primera empezó a finales del siglo XVIII con la invención de la máquina de vapor y después los ferrocarriles; la segunda es de finales del siglo XIX y principios del XX y se caracteriza por el uso de la electricidad y las cadenas de montaje; la tercera viene con las computadoras e Internet en la segunda mitad del siglo XX, y ahora , en el siglo XXI, a partir del 2011, se empieza a usar el término “Cuarta Revolución Industrial” para describir los cambios que están ocurriendo en la economía por la creciente automatización de la industria, la robótica, el uso de la inteligencia artificial y el análisis masivo de datos, la “energía inteligente”, las biotecnologías, los nuevos materiales, y las nanotecnologías.


 Si bien es innegable que cada sucesiva revolución industrial ha aportado enormes aumentos en la productividad del trabajo, también hay que subrayar que con cada uno de esos progresos se han ampliado las desigualdades en el producto interno bruto per cápita entre los países técnicamente desarrollados y el resto.

 Los avances tecnológicos, que no se dan en un vacío político sino en el contexto del capitalismo depredador, nos van llevando hacia productividades cada vez mayores, pero cada vez en beneficio de menos personas.

 Las desigualdades se amplificaron con la industrialización capitalista del siglo XIX (hecho que describió Martí en su análisis de los Estados Unidos), se volvieron a amplificar con la revolución digital del siglo XX, y se pueden volver a amplificar en el siglo XXI con la Cuarta Revolución Industrial.

 Un escenario gris pero posible es que la automatización, la robotización y la inteligencia artificial en la producción, así como los nuevos materiales y las nuevas formas de energía, hagan cada vez menos relevantes las escasas ventajas económicas que los países del sur subdesarrollado han tenido a partir de la abundancia de mano de obra y de recursos naturales. Varios países han usado estas ventajas para acumular excedentes que le permitan saltar a la industrialización. Nosotros en Cuba intentamos hacerlo hace unas décadas con las grandes zafras azucareras. Tal estrategia puede hacerse rápidamente inviable en el siglo XXI.

 Más aún, las ventajas acumuladas por los primeros países en entrar a las tecnologías de la Cuarta Revolución Industrial se refuerzan a sí mismas en un lazo de retroalimentación positiva que tiende hacia los monopolios y hacia la elevación de las “barreras de entrada” para otros países que aspiren al desarrollo. Las superpotencias de la Cuarta Revolución Industrial elevarán la productividad de sus economías domésticas, y extraerán ganancias del resto del mundo. Sería algo así como un sistema mundial de “castas” económicas en pleno siglo XXI, donde nadie puede “cambiar de casta”. La polarización de la economía mundial reforzaría las presiones para la migración de jóvenes, especialmente de jóvenes calificados, perpetuando así las desventajas.

 El ciclo de retroalimentación positiva entre tecnología y globalización puede funcionar como círculo virtuoso si nuestro desarrollo de tecnologías nos permite conectar nuestra producción con la economía mundial y seguir financiando el desarrollo; o puede funcionar como circulo vicioso si la limitada inserción internacional de nuestra economía, o el limitado valor agregado de nuestros productos y servicios nos impide financiar el desarrollo.

 Con una demanda doméstica pequeña, porque somos un país pequeño, y sin abundancia de recursos naturales, solamente una economía basada en la ciencia, la tecnología y la innovación puede enrumbar nuestro país por el camino del desarrollo.

 Podemos lograrlo, y los resultados de la ciencia, la tecnología y la innovación en Cuba en los últimos años, que nuestro pueblo conoce, resuenan como un inmenso “sí, se puede”.

 Es mucho lo que está en juego. Luchamos cada día porque el escenario gris de la exclusión y las desigualdades tecnológicas y económicas descrito en los párrafos más arriba no sea el futuro de nuestra querida Cuba, pero a ese riesgo real hay que mirarle a la cara de frente, para que entendamos mejor la tremenda responsabilidad que pesa hoy sobre los hombros de los científicos, los tecnólogos y los innovadores cubanos, en todos los sectores de nuestra economía; y también sobre los hombros de los directivos, funcionarios, economistas y sociólogos que están a cargo de construir el contexto institucional y regulatorio que haga posible la victoria.

 El mundo se enfrenta a una bifurcación tecnológica, y de lo que hagamos hoy dependerá por cual rama irá nuestra trayectoria. El desarrollo económico basado en la Ciencia y la Innovación no es solamente una opción; es más que eso: es una necesidad.

 Hay que hacer mucho, hay que hacerlo bien y hay que hacerlo rápido.

 Como expresó Martín Luther King en un sermón pronunciado en los complejos años 60: “el futuro ya está aquí y debemos enfrentar la cruda urgencia del ahora”.

 

 Agustín Lage Dávila

Centro de Inmunología Molecular

 


lunes, 14 de febrero de 2022

LOS QUE LUCHAN Y LOS QUE LLORAN.

 “Los que luchan y los que lloran” es el título del libro escrito por el periodista revolucionario argentino Jorge Ricardo Masetti, donde narra las experiencias de su arriesgado ascenso clandestino a la Sierra Maestra en 1958, en plena lucha guerrillera, para entrevistar a Fidel. Es un relato bello y conmovedor. Recomiendo a todos que lo lean, especialmente a quienes no habían nacido cuando se escribió. 

 Masetti fue después fundador de la agencia Prensa Latina y luego combatiente. Murió en el foco guerrillero argentino de Salta en 1964, a los 34 años de edad.

 No es el propósito de esta nota comentar el libro, sino asumir la idea central con la que concluye su relato y proyectarla a las batallas de los revolucionarios de nuestros días. Masetti escribió que, al salir de Cuba en 1958, tuvo la sensación de que dejaba atrás el mundo de los que luchan y retornaba al mundo de los que lloran.

 Es una imagen reveladora y útil, que captura la realidad de que en cada coyuntura donde la historia exige actitudes revolucionarias, siempre existen los que luchan, y también existen otros, que aún sin ser enemigos, pertenecen sin embargo al “mundo de los que lloran”. No pocos debates políticos de hoy me han hecho recordar esa tajante división.

 Ante los desafíos cubanos de hoy aparecen quienes encuentran motivos para llorar: desapareció el campo socialista europeo y nos quedamos sin aliados estratégicos; la persistencia del inmoral bloqueo  frena nuestro desarrollo económico; muchas empresas estatales socialistas no alcanzan eficiencia y crecimiento, y mantienen actitudes de inercia, conformismo y falta de iniciativa; la burocracia sigue retrasando la implementación de las transformaciones necesarias y priorizando el control sobre el desarrollo; la simultaneidad del ordenamiento monetario y la pandemia nos introdujo por el camino de la inflación; el turismo se contrae; la zafra azucarera se desarrolla con muchas dificultades; aparecen los que se aprovechan de la demanda insatisfecha para aumentar desmedidamente los precios y se creen que eso significa que son emprendedores privados “eficientes”; se mantiene la tendencia migratoria de jóvenes calificados; los ataques en las redes informáticas siembran, de manera calculada y planificada, desconfianza en el proyecto de soberanía nacional y justicia social; y la letanía sigue.

 Pero también existen los que ven (vemos) en todo eso motivos para luchar: transformar la empresa estatal socialista y crear nuevas empresas; defender con hechos el papel protagónico de las empresas estatales; desarrollar rasgos emprendedores y proactivos en los cuadros de dirección; reforzar las conexiones entre las empresas y la ciencia y la tecnología; seguir formando masivamente tecnólogos y científicos en nuestras universidades; abrir nuevas opciones de exportación; conectar mejor nuestras empresas con la economía global; desacoplar las motivaciones para el trabajo creador de las aspiraciones de enriquecimiento individual; desplegar creatividad en el sistema financiero; tomar nosotros el espacio y la iniciativa en las batallas de ideas en las redes informáticas; perfeccionar nuestro sistema de gobierno y nuestra democracia participativa y cotidiana; educar con el ejemplo, convencer, entusiasmar, levantar el espíritu y movilizar la voluntad de la gente; analizar permanentemente las causas, internas y externas, de nuestras insuficiencias; pensar con profundidad y proponer con audacia; y seguir construyendo cultura.

 Cada cual escogerá si quiere vivir en el mundo de los que luchan o en el mundo de los que lloran.

 El propio Jorge Masetti escribió en 1962, en una carta a su mujer: “La Revolución ya no es un hecho a observar, un hecho histórico a criticar, sino que la Revolución somos nosotros mismos…es nuestra conciencia la que nos juzga y nos critica, y nos exige”.

 

Agustín Lage Dávila

Centro de Inmunología Molecular

 

 

lunes, 7 de febrero de 2022

NO VAN A PONER FIN AL BLOQUEO A CUBA.

 La semana pasada se escribió mucho en la prensa cubana y extranjera sobre el bloqueo económico, comercial y financiero del gobierno de los Estados Unidos contra Cuba, pues se cumplieron 60 años de aquel 3 de febrero de 1962 en que el presidente estadounidense John Kennedy firmó la orden ejecutiva 3447 que establecía el bloqueo. Apenas una formalización de una política agresiva establecida “de hecho”: ya habían transcurrido 10 meses de la invasión de Playa Girón, y casi dos años desde el cínico memorando del asistente de estado para asuntos interamericanos, Mallory, que decía textualmente que “… el único modo que se puede vislumbrar para enajenar el apoyo interno es a través del desencanto…basado en la insatisfacción y dificultad económica.”

 En estos días se han publicado sobre el tema trabajos muy buenos. No es necesario recapitular aquí datos y análisis que cualquier lector puede fácilmente encontrar. Pero puede ser útil comentar sobre causas profundas que están en las raíces de la hostilidad de los Estados Unidos contra Cuba, raíces que son anteriores y más profundas incluso que el conflicto entre ambos países a partir de 1959.

 En los Estados Unidos mandan los ricos. ¿queda alguien todavía que no vea esa realidad? Y la mecánica del sistema político garantiza que eso siga siendo así. Las campañas electorales de esos ricos cuestan dinero, mucho dinero y una parte lo ponen los mismos candidatos porque son millonarios. Otra parte la “donan” (después cobran) otros millonarios. 

 Después de la independencia de los Estados Unidos, al menos 12 presidentes habían sido dueños de esclavos. Ocho de ellos siguieron teniendo esclavos durante el período en que ejercieron como presidentes, incluido Jefferson, autor principal de la Declaración de Independencia de 1776 donde se dice que “todos los hombres son creados iguales”.  La doble moral entre los ricos viene desde lejos.

 El fenómeno Trump es la imagen de caricatura (“comics” se diría en inglés) de esa realidad, pero ese proceso está enraizado en el sistema. Así el sistema se asegura que nunca sea electo allí un revolucionario radical como Fidel Castro, un líder sindical como Lula o Maduro, un líder universitario como Diaz Canel, un maestro rural como Pedro Castillo, un médico con inquietudes sociales como Allende, un revolucionario guerrillero como Mujica, o un campesino indígena como Evo.

 ¿Dónde están los equivalentes de esos líderes en los Estados Unidos?. Seguramente existen, pero no participan en la política nacional. Están sencillamente fuera del juego.

 En mi etapa de Diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular tuve varias veces la tarea de atender visitas de parlamentarios de otros países. Un día uno de ellos (por cierto, uno con expresas simpatías por Cuba) me preguntó esto:  ¿y a ti cuanto dinero te costó tu elección como Diputado?... porque a mí me costó más de medio millón.”  Me tomó unos minutos poder parar de reírme de la pregunta.

 En otra ocasión, cuando conversaba con unos electores de mayor edad en el municipio de Yagüajay,  fui yo quien les preguntó:  Antes de la Revolución aquí ¿Quién tenía más poder real sobre la vida de los ciudadanos del municipio, el alcalde o el dueño del central azucarero?. Me dieron la respuesta esperable: “el dueño del Central, por supuesto”. Y luego surgió la pregunta siguiente: “Y a ese, ¿quién lo eligió?. Nadie lo eligió. Es que la democracia es una broma de mal gusto cuando el poder económico está en manos de los ricos.

 A los revolucionarios cubanos se les ocurrió cambiar las reglas del juego: repartir la tierra, nacionalizar las fábricas, alfabetizar a todos, hacer a todos propietarios de sus viviendas, cerrar los casinos de juego, impedir los lujos, y emplear el dinero público en abrir escuelas y hospitales, para servicios gratuitos de acceso universal; y más aún, hacer una política exterior independiente, y darle las armas al pueblo para defender todo eso.

 Era demasiado y podía ser contagioso: los círculos de poder de los millonarios norteamericanos y sus acólitos locales no lo podían permitir: y así apareció el bloqueo, la invasión de Girón, las bandas contrarrevolucionarias, y el invento risible (si no fuera cinismo trágico) de acusar a Cuba de promover el terrorismo y violar derechos humanos.

 Entendamos que lo que hacen no es solo perversa venganza de los ricos expropiados; es el frío cálculo de que el socialismo funciona. Por irónica que parezca la conclusión, ellos saben que el socialismo es capaz de elevar la calidad de vida y la justicia social y, si eso sucede, el ejemplo sería muy peligroso. Hace falta que no se le deje funcionar, y para eso es guerra económica, o cuando funciona (como muestran los indicadores sociales de Cuba), que no se entere nadie, y para eso es la guerra mediática.

 Así lo reconoció, por escrito y sin atisbo de vergüenza, el propio Allen Dulles, director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) entre 1953 y 1961: El objetivo final de la estrategia a escala planetaria, es derrotar en el terreno de la ideas las alternativas a nuestro dominio, mediante el deslumbramiento y la persuasión, la manipulación del inconsciente, la usurpación del imaginario colectivo y la recolonización de las utopías redentoras y libertarias, para lograr un producto paradójico e inquietante: que las víctimas lleguen a comprender y compartir la lógica de sus verdugos”.  

 La venganza de los ricos contra los pobres no es nada nuevo en la historia. En agosto de 1793 Haití fue el primer país del mundo en abolir la esclavitud. Francia le impuso una deuda de 150 millones de francos, nada menos que para compensar a los dueños de esclavos que había perdido su “propiedad”. La deuda impuesta (con amenaza de agresión militar) era superior al producto interno de la economía haitiana. Les tomó 58 años pagar esa deuda y aun después quedaron más endeudados por los préstamos que tuvieron que adquirir para poder pagar. Todas esas deudas, derivadas del “castigo” por declarar la independencia y abolir la esclavitud, duraron 127 años. Haití se convirtió en el país más pobre del hemisferio.

 Y ahora el bloqueo de los Estados Unidos contra Cuba intenta hacer lo mismo.

 Pero ya no estamos en el siglo XVIII, sino en el XXI. Los pensadores sociales lúcidos en el mundo saben, y la mayoría de los seres humanos intuyen, que el capitalismo no es compatible con la justicia y el bienestar de 9000 millones de personas, con la preservación del medio ambiente expoliado por la avaricia, y con una economía basada cada vez más en el conocimiento, que demanda la educación y la participación de todos.

 El capitalismo, y más aun el capitalismo estadounidense, construyó una sociedad “de competencia” cuya lógica es que los hombres compiten unos contra otros (y las naciones unas contra otras), y que solamente de esa competencia surge la riqueza material. La polarización entre “pocos ganadores” y “muchos perdedores” que esa filosofía de la existencia genera, es apenas un “daño colateral”, inevitable.

 Cuba intenta construir un modelo alternativo, y los millonarios que gobiernan el mundo necesitan que ese modelo no triunfe, para seguir pregonando que no existen alternativas, y (como dice la canción de Silvio que todos conocemos) “que pasó de moda la locura...y… que la gente es mala y no merece…”

 Por eso es que no van a levantar el bloqueo. Los gobernantes de los Estados Unidos, gobernados ellos mismos por el poder del dinero, sencillamente no pueden hacerlo.

 El bloqueo tenemos que seguirlo denunciando, una y otra vez, aunque sepamos que lo van a mantener, porque con las inmoralidades no puede haber convivencia, por muy poderosos que sean quienes las imponen.

 Levantar ese bloqueo inmoral está fuera de las posibilidades de gobernantes electos por millonarios. Sería contradictorio con la naturaleza de su sistema, porque el capitalismo es inmoral.

 Nosotros tenemos que saber que hay  que seguir resistiendo, y además, desarrollar nuestra economía y nuestro modelo de sociedad, aún con el bloqueo.

 Y si el 10% de super-ricos (personas o países) necesita que fracasemos, el otro 90% de la humanidad necesita que triunfemos.

 No nos podemos cansar. Nuestro deber es resistir y vencer, pero ese deber ahora, en el siglo XXI, no es solamente para con Cuba y los cubanos. Es nuestro deber para con toda la humanidad, porque el mundo necesita alternativas a la tiranía del mercado y a la democracia de los que tienen dinero.

Son esas alternativas sociales y económicas lo que intentan bloquear. No es solo contra Cuba.

 José Martí, que vio tan lejos y tan profundo, lo escribió así en 1895, en el Manifiesto de Montecristi: “La guerra de independencia de Cuba…, es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno que el heroísmo juicioso de las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas, y al equilibrio aun vacilante del mundo”

 Nuestra batalla de hoy contra el bloqueo, y nuestro desarrollo socioeconómico a pesar del bloqueo, es parte de ese mismo servicio al mundo que nos pidió Martí.

 

Agustín Lage Dávila

Centro de Inmunología Molecular

 

LOS COMPLEJOS DEBATES DE HOY VISTOS DESDE LAS CIENCIAS NATURALES

   La formación profesional de cada uno de nosotros influye inevitablemente en la manera en que apreciamos la realidad y definimos prioridad...